A mi manera

La mujer china que arreglaba collares y su suegro, que protestaba

En el bazar chino de mi barrio venden de todo con alegría. Hay ciudadanos chinos risueños de quienes uno ya duda si sus ojos se rasgaron porque los genes lo determinan o si fue a fuerza de sonreír

Una mujer china en un establecimiento de calzado.	 efe
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Una mujer china en un establecimiento de calzado
Una mujer china en un establecimiento de calzado.	 efe

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Jose Murugarren

Publicado el 29/05/2022 a las 06:00

Un 'chino' es una tienda mágica. Piense usted en un objeto: ¿un secador de pelo? ¿un juego de vasos? ¿un pañuelo para San Fermín? Algo poco habitual. No sé. Un quitamanchas, una cajita de escarpias, una faja. En el chino de mi barrio venden de todo con alegría. Hay chinos risueños de quienes uno ya duda si sus ojos se rasgaron porque los genes lo determinan o si fue a fuerza de sonreír. Le ocurre a la vendedora de esta tienda. Abro y suena una música de campanillas que se activa por el contacto de la puerta con unas barritas metálicas que caen del techo. El establecimiento bulle de género. Hay flotadores, balones, un camión de juguete, raquetas suspendidas… En las paredes cazuelas, bombillas y en el suelo hileras de perchas con camisas, pantalones, chaquetas, vestidos…, ropa de hombre, mujer, niño... La suma de objetos forma un bosque tupido. Un niño podría perderse entre la maleza de las cosas que se venden. Entre la espesura hay una senda estrecha y un claro al fondo. Allí está la dependienta. Una mujer menuda. Junto a ella, sentado, un hombre mayor.

-”Buenos días”, me dice, apartando un momento la mirada del cliente que me antecede. Está envolviendo una máquina de afeitar que ha reparado. “Es importante disfrutar de las cosas que haces, porque vas a hacerlas muchas veces en la vida”, explica la vendedora china con convencimiento filosófico.

El cliente asiente. La dependienta habla de que le gusta su trabajo de vendedora. A su izquierda  un hombre que pasa de los 80 sentado en un poyo de madera toma sopa. Podría pensarse que es su padre pero ella me lo aclara cuando nota que no le quito ojo.

-”Es mi suegro”. Sonríe y termina el paquete que ha hecho con la afeitadora. Despide al cliente y continúa su conversación conmigo. “Mi suegro vendía durante muchos años en el mercadillo de la plaza de San Nicolás. Después con los ahorros compró este local. Su hijo, que es mi marido y yo, seguimos el negocio”, dice con regocijo.

Saco entonces una cadena de plata con uno de sus eslabones rotos. Le digo con cierto pudor si me la podría arreglar. Temo que no tenga una solución. Que no le traiga a cuenta. La mira sin retirar la sonrisa y se ayuda con una pequeña lupa para diagnosticar la magnitud de los daños. La examina a fondo. Unos minutos después su suegro que devoraba la sopa, de repente parece haber perdido el interés por el almuerzo. Cambia la expresión del rostro. Nada que ver con la sonrisa permanente de su nuera. Porque mientras ella sonríe, él se lanza a hablar atropelladamente. Farfulla frases en chino incomprensibles para mí. Como si estuviera enfadado. Lo que quiera que su suegro haya dicho, a la mujer le hace reír. Tanto que parece controlar la contracción de los músculos de la boca para no romper en una carcajada. El hombre refuerza su aire grave. El plato, en una mano y la cuchara en la otra. Ambas tan suspendidas como mi respiración. Él y yo esperando una salida a la situación. La mujer se siente obligada a darme una explicación. Pero lo hace con su risueña naturalidad, mientras toma un minúsculo alicate y atrapa el eslabón estropeado.

-Dice mi suegro que no te arregle la cadena. Que no merece la pena. Que eso tiene mucho trabajo y voy a tener que cobrar poco. Que lo deje. Que para medio euro que te va a costar no pierda el rato…

El mensaje es tan directo que por un momento no sé qué responder. Al hombre, que continúa serio, se le va a enfriar la sopa. No me da ninguna pena. Por mí como si se le convierte en gazpacho. Suspiro con aire de resignación… Temo salir de la tienda con la cadena tal y como la traje. Ella entonces me dice que “no preocupar”. Que me hace el trabajo. Que si está ahí es porque le gusta, que el dinero no es todo y que encuentra satisfacción en ser útil a las personas del barrio. Me dice que me conoce, que sabe que soy cliente y mientras me hace llegar su decisión habla con su suegro en chino. El hombre parece replicar todavía enfadado pero su nuera envuelve de calma sus palabras. Cuando le mira lo arrulla con los ojos. Su suegro parece ahora más tranquilo. Ella vacía en un bol la sopa fría que reposaba en el plato y vierte de un termo caliente una nueva ración que humea. Huele bien. La mujer acaricia un instante la nuca de su suegro. Él mete la cuchara y prueba. El hombre, contagiado ahora de la alegría de su nuera, sonríe.

-¿Cuánto te debo?, le pregunto una vez compruebo que ha terminado el trabajo.

-50 céntimos, responde ella. Su suegro tenía razón. Mucho trabajo poco dinero. Pero la sopa le ha templado el ánimo. El hombre detiene en el aire la cuchara un momento. Deja de comer y me mira. Me habla de nuevo en chino.

Su nuera ríe, ahora sí, a carcajadas.

-¿Qué ha dicho?, pregunto.

-Que hables bien de la tienda y de nuestro trabajo y que lo cuentes a todo el mundo.

Salgo y me comprometo a ello. Es lo que hoy estoy haciendo.

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