A mi manera

La frutera que exigía mascarilla sí o sí

“En mi tienda quien manda soy yo si a usted no le parece mal. Soy la única integrante del servicio de Prevención Laboral y hemos aprobado por unanimidad continuar con la mascarilla”

Imagen de una frutería
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Jose Murugarren

Publicado el 23/04/2022 a las 20:53

En la puerta de la frutería escucho a dos mujeres. Hablan del tiempo de las mascarillas. “Noto que he perdido expresión facial por debajo de la nariz”, le dice una a otra y la segunda asiente. “Sin embargo he mejorado la capacidad comunicativa de los ojos”, revela . “Es como si las facciones ocultas se hubieran acostumbrado a vivir paralizadas. Ya no gesticulan. Como si fueran una pierna escayolada que no se mueve”, sentencia. Antes de entrar en la tienda me observo de soslayo en el escaparate. Lo utilizo de espejo. Así, a cara descubierta. Me examino. La nariz, la comisura de los labios, el mentón. Abro y cierro la boca un momento por ver si yo también he perdido expresión facial. He experimentado cambios. Sí. Han pasado dos años. Diría que me ha crecido la nariz y los maxilares se han aflojado . No soy el mismo. “Me miro y veo a mi padre ”, me digo. No es el virus. Es el tiempo. Mientras franqueo la puerta de la frutería cavilo si pido fresas o plátanos. La dependienta me clava la mirada. Se dirige a mí.

- Buenos días, introduce. ¿Sería tan amable de ponerse la mascarilla?

La interpelación me pilla por sorpresa. No estoy preparado para dar la respuesta que ella desea escuchar. Es miércoles, primer ‘Día de la Liberación de la Mascarilla’ me apetecería proclamar. Debería figurar en rojo en el calendario. No lo digo así. No sería correcto. Me recompongo por dentro. Y decido pronunciarme con moderación.

- Pues siento decirle que no va a poder ser porque como el Gobierno nos ha autorizado desde hoy a no llevarlas en interiores no he traído ninguna mascarilla. He venido convencido de que los establecimientos de productos frescos no entran en el capítulo de exclusiones a la normativa”, digo estirando la palabra ‘normativaaa’ para que quede claro que conozco la ley.

Acabo de abrir un melón, en sentido figurado claro, aunque estoy en la frutería. Un hombre joven discrepa. Dice que él se siente más cómodo si todos llevamos mascarilla. Que el bicho sigue en el aire y sin protección y puede pasar fácil de uno a otro. No es muy científico pero sí razonable. Una señora me mira sonriente como si compartiera mis argumentos. Pero no dice nada. La tienda se llena de un runrún de opiniones en uno y otro sentido. La frutera no está dispuesta a rendirse en el primer asalto. Juega en casa. Al fin y al cabo el establecimiento es suyo. Ni siquiera estoy en el comercio en el que compro habitualmente. Los clientes me miran. Han decidido tomar la circunstancia como quien asiste a un espectáculo. O a un partido de tenis. Me temo que de Rafa Nadal ejerce la vendedora.

-El Gobierno estará en su derecho de liberarle de la mascarilla, continúa la mujer. Pero resulta que en mi tienda la que manda soy yo, si a usted no le parece mal. Soy la dueña y la única integrante del Servicio de Prevención Laboral de mi empresa que por unanimidad ha aprobado esta mañana continuar con el uso de la mascarilla en el interior tanto para empleados como para clientes.

-¿Pero tendrá alguna razón en la que apoyar su decisión?

-La distancia y la insuficiente ventilación. Somos una tienda de apreturas. Sin espacio . La mascarilla pues, es imprescindible. Al menos de momento. hasta nueva decisión del Servicio de Prevención Laboral.

¿Insuficiente ventilación? La respuesta me provoca alguna dificultad al respirar. Me deja sin aire. La frutera es Rafa Nadal y el pelotazo lo recibo yo. Hoy ni fresas ni plátanos y el Roland Garros lo doy por perdido.

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