"¿Ha mirado nuestro presidente Sánchez embobado a Francia o Alemania para cambiar la tibia posición española sobre el status internacional del Sahara?"

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Manuel Pulido

Publicado el 23/03/2022 a las 06:00

Argelia es el país más grande de África (cinco veces España), con 43 millones de habitantes, cuya capital Argel está más cerca de Madrid que Rabat. Tenemos grandes intereses comerciales en dicho país (somos su segundo cliente comercial y su cuarto suministrador) y dependemos de su gas y de su petróleo. Con frecuencia -dice el embajador Jorge Dezcallar en su libro recién aparecido Abrazar el mundo-, miramos embobados hacia Francia y Alemania, cuando esas son bazas seguras, y donde de verdad nos jugamos los cuartos es en el Magreb (Marruecos y Argelia).

¿Ha mirado nuestro presidente Sánchez embobado a Francia o Alemania para cambiar la tibia posición española sobre el status internacional del Sahara, o quizás ha dirigido sus oídos y su mirada hacia Estados Unidos? Todo es posible en el nuevo ejercicio de realpolitik de nuestro presidente, hecho público en nota de la Casa Real de Marruecos, el pasado fin de semana.

Las festividades o referencias a la Biblia son frecuentes en la política internacional. Así, se conoce como los acuerdos de Abraham los propiciados por el yerno del presidente Trump, que conllevaron al reconocimiento del Estado de Israel por Marruecos y la apertura de relaciones diplomáticas; y que como contrapartida, la hábil diplomacia marroquí arrancó de Trump el respaldo a la posición marroquí sobre la pertenencia del Sáhara y su carácter de aliado preferencial en la región, ratificado por Biden, lo que ha envalentonado al régimen alauita.

Seguramente de aquellos polvos vienen esos lodos, así como también recordar que la rebelde Argelia que plantó cara al general De Gaulle, se ha alineado geopolíticamente más cercana a Rusia que al coloso americano y últimamente a Irán. Para terminar el relato, Marruecos y Argelia nunca buenos vecinos, tienen rotas las relaciones diplomáticas (2021).

Este puzzle político, con el trasfondo de la crisis con Marruecos provocada por la política humanitaria de acogimiento al líder del Frente Polisario en un hospital de Logroño, Grahim Ghali, por el covid-19, y que se llevó por delante a la ministra de Asuntos Exteriores Arantxa González Laya en la crisis ministerial de julio de 2021, se ha resuelto favorablemente, según la portavoz del Gobierno.

¿Ha acertado Sánchez, comprometiendo la posición del Reino de España, sin reparar en las formas que impone nuestro ordenamiento jurídico, habida cuenta que en España vivimos en un régimen parlamentario y no presidencialista y, por tanto, el presidente no puede sin más definir la política exterior sin contar con las Cortes? ¿Y la realpolitik del reconocimiento de que el Sáhara es de Marruecos frente a las resoluciones de la ONU y del dictamen del Tribunal de La Haya, de 16 de octubre de 1975, que rechazó los vínculos del Sáhara con Marruecos y Mauritania?

Seguramente todo esto y algo más se ha entregado en el altar del restablecimiento de las relaciones con Marruecos, pero quizás sin saber si la retirada del embajador argelino estaba pactada, al decir de fuentes de Exteriores que Argelia estaba informada; o si hay acuerdos secretos, en relación con las reivindicaciones de Ceuta, Melilla y las Canarias u otras cosas.

En España el respeto a nuestra Constitución y a las normas es muy elástica y dinámica. Tan elástica casi como los cambios en la política exterior. El tiempo nos dirá si Sánchez ha acertado o nos ha metido con su mirada cortoplacista en otro imbroglio, en este caso internacional, con el fin de conseguir el acuerdo con Marruecos (pero a qué precio) y alguna ventaja de Alemania o Francia en el tema energético.

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