Historias familiares
El padre de Oleksandr


Publicado el 21/03/2022 a las 06:00
Otra efemérides que llega y la guerra que no cesa. Mientras pienso en cómo festejar el día del padre con el mío, mi marido y mis hijos, brincan en mi cabeza, una y otra vez como lo hacen a diario desde el 24 de febrero, imágenes de la invasión de Ucrania. Y no puedo dejar de pensar en los hombres que se quedan. En los padres, hermanos, hijos y abuelos que no festejarán este día con los suyos. En esas fotografías desgarradoras de despedidas en las estaciones de tren de Lviv, de Irpin, de Kramatrosk... En las que hombres jóvenes, muchos con el uniforme de soldado, besan a sus mujeres y hacen carantoñas y sonríen a sus pequeños para disimular su abatimiento. Ante las ventanillas de los trenes, de los autobuses o de las furgonetas que atravesarán la frontera con Polonia, con Rumanía, con Hungría... Para conducirlos a una vida mejor. O, por lo menos, lejos de las bombas, los proyectiles y sus casas derruidas. Son cientos las imágenes que nos llegan, gracias a los fotógrafos de prensa y los cámaras de televisión, de mujeres jóvenes, bebés y niños pequeños que huyen. Pero vemos pocas escenas de los hombres que se quedan solos en sus casas o en el frente. De esa soledad que se masca entre las ruinas y solo suple con videollamadas a los suyos que les hablan desde un país extranjero del que no conocen ni el idioma. Vayan las líneas de hoy como un homenaje a todos los padres. Pero, en especial, a los que están separados de sus hijos. Por la guerra o cualquier otro motivo. Como el padre de Oleksandr. Esta es su historia.
Ivan Zakhariuk tiene 40 años y permanece en Chernivtsi, al oeste de Ucrania y a media hora en coche de la frontera con Rumanía. A media hora, se entiende, a velocidad normal. Cuando no hay colas para huir del país. Hace unos años padeció una enfermedad de la que ya se recuperó pero, de momento, no es de lo primeros que están llamando a filas. No hay mal que por bien no venga. Continúa en su casa a la espera de que le recluten. Hace tres semanas se despidió de Andryi, su hijo mayor, de 19 años, que salió de Ucrania el primer día de la invasión con destino a Pamplona. Y la semana pasada dijo adiós a su mujer, Iryna, y su hijo pequeño, Oleksandr, de 8 años, que ahora se comunican con nosotros gracias al traductor ucraniano-español de Google. Y llevan nuestra ropa y nuestro calzado. ¿Te has parado a pensar qué sentirías si de un día para otro de arrancan de tu hogar, tu familia, tus libros y tus recuerdos? Hoy son ellos. Pero mañana podemos ser nosotros.
Son muchos los Ivan, Anton, Nikolai, Roman, Mykhailo, Boris o Sergei que ahora sobreviven en Ucrania lejos de sus mujeres, sus madres y, sobre todo, sus hijos. Que lloran en sus casas vacías, en las que ya no se escuchan las risas, los gritos o los enfados de sus pequeños. A los ya no riñen por pasar tantas horas con los videojuegos ni les instan a hacer los deberes del colegio. En las que cocinan, cuando sus paredes siguen en pie, lo que han podido comprar en el supermercado. Y se preguntan: ¿Cómo es posible que mi vida se haya puesto del revés en tan solo tres semanas? ¿Por qué ya no me preocupo por los pagos de la ortodoncia de mi hijo adolescente sino por seguir con vida y soñar con volver a abrazar a los míos? O cuestiones similares.
Lo sé. No es algo nuevo y, por desgracia, ha ocurrido infinidad de veces en la historia. Hombres en el frente y mujeres y niños en sus casas o en el exilio. Sucedió durante la Guerra Civil Española, cuando millones de refugiados abandonaron sus hogares. O durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las viviendas de los judíos enviados a campos de concentración eran saqueadas por los nazis. Por lo que, opino, ¡disfrutemos de nuestros padres quienes aún los tenemos! El otro día falleció el padre de una amiga muy querida y así me lo aconsejaba. Un día bromeamos con ellos y les criticamos por salir poco de casa o por no parar en ella. Y, al siguiente, un ictus, un cáncer, un accidente o una guerra nos los arrebatan. Zas. Sin tiempo para despedirnos ni hacernos a la idea. Entonces contemplamos su ropa en el armario o nos sorprendemos a punto de llamarles por teléfono o enviarles un ‘wasap’. Feliz día del padre sea como fuere. Para los presentes. Para los ausentes. En especial, para el mío, que tanto nos ha dado y nos sigue ofreciendo. Y para Ivan, el padre de Olekasandr. Para que todos los Ivanes puedan celebrar pronto su día y la vida con sus hijos.