El Rincón

Las consecuencias –las buenas y las malas- del caos de Ucrania en Navarra

El Gobierno de Sánchez acumula mucho retraso en articular una reacción que se antoja imprescindible y urgente

Un hombre reposta combustible en una estación de servicio.
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Un hombre reposta combustible en una estación de servicio.
Un hombre reposta combustible en una estación de servicio.

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Miguel Ángel Riezu

Publicado el 20/03/2022 a las 06:00

Las guerras son siempre momentos en los que el caos se adueña del escenario. En lo bueno y en lo malo. Y en ese preciso instante nos encontramos ahora.

Solidaridad y orden. Empecemos por lo bueno, con la impresionante ola de solidaridad para con el pueblo ucraniano que llega a todos los rincones. Se han puesto en marcha infinidad de iniciativas en cada pueblo de Navarra, con caravanas, recogidas de ropa, alimentos y medicinas y el traslado de refugiados.

Un tsunami popular que entronca con la esencia de una comunidad que se pone en el lugar del otro cuando sufre y que se moviliza para echar una mano. Una actitud que sólo merece aplauso. Sin embargo, la premura y el entusiasmo también pueden generar confusión y un punto de anarquía no deseables. Ya hay cerca de 500 refugiados en Navarra en lo que parece la pura avanzadilla. Y traerlos no sólo en cuestión de sacarlos de aquel avispero, también exige coordinación de recursos para atenderlos cuando ya están aquí.

El Gobierno foral, tras los primeros balbuceos, parece haber encontrado su papel y, junto a las ONGs, está poniendo orden y recursos. Aunque a veces el Ejecutivo parece tentado a castrar las iniciativas que no le convencen, cuando lo que toca en realidad es buscarles un cauce. ¿Tiene sentido que Interior se moleste en paralizar una recogida de material para Ucrania en las comisarías de la Policía foral que parte de su propia plantilla?

Una economía muy vulnerable. El caos de verdad es el que está en el mundo económico y en el de la cesta de la compra. Los nubarrones de hace unos días se han convertido ya en una tormenta que descarga bravía y amenaza con seguir creciendo.

De nuevo hablamos de lo elemental. La energía y el transporte son básicos para que un país funcione y ambos han estallado. La electricidad y los combustibles tienen sus precios por las nubes, una escalada que lo arrastra todo. Y una huelga de transportistas, en principio minoritaria, amenaza además con graves afecciones en toda la economía, agravadas por conatos de intimidación intolerables.

Lo que sobresale es la vulnerabilidad de nuestras economías. Riesgo de desabastecimiento en los mercados y empresas que paran su producción, ese es el panorama que tenemos por delante.

La cadena de suministros se está rompiendo por muchos flancos y todos al mismo tiempo.

A los supermercados les faltan algunos suministros, lo que aviva el acaparamiento irracional; a las conserveras les falta aceite de girasol; a la logística, rutas seguras; al transporte, combustibles a precios asequibles; a la industria, de la automoción a las renovables, componentes. VW-Navarra, sin ir más lejos, para mañana lunes la producción por falta de piezas. Fragilidad es la palabra más repetida estos días.

¿Y el Gobierno de Pedro Sánchez? Pues el Gobierno acumula mucho retraso en articular una reacción que se antoja imprescindible y urgente. Anuncia planes y bajadas de impuestos (IVA, hidrocarburos) como le piden todos los sectores, pero no remata ninguno. Para empezar tiene que aclararse dentro de La Moncloa, con Podemos siempre a la contra. Que tiene guasa que Sánchez esté obligado a buscar el apoyo del PP lo mismo para mandar ayuda militar a Ucrania que para bajar impuestos porque a su socio de Gobierno le rechina todo.

De hecho, el Ejecutivo va por detrás de otros países como Francia y Alemania, que ya tienen planes con cifras sobre la mesa para la luz, las gasolinas o ayudar a las familias. Y en las crisis, la velocidad en la respuesta es casi tan vital como las propias medidas. Sectores como el transporte o el agrario están al límite. Hoy se manifiesta el campo de toda España en Madrid y la subida de los precios sólo es la gota que colma un vaso lleno hace tiempo.

Subidas en cohete y caídas como plumas. La guerra también es como la niebla, es decir, que se usa para difuminar las explicaciones. Es lo que ocurre con algunas subidas de precios. Los ciudadanos ven perplejos como el aceite de girasol que escasea y sube estaba envasado y comprado mucho antes que la guerra.

La gasolina, lo mismo, que viene de muy atrás. El precio de la gasolina y el gasóleo lleva tres meses de subidas. En este tiempo la gasolina ha pasado de 1,47 a 1,84 euros el litro (un 25% más) y el gasóleo de 1,34 a 1,81 euros de media (un 35% más) según los datos oficiales. En un vehículo normal llenar el depósito cuesta un mínimo de 20 euros más.

Y se sigue cumpliendo a rajatabla esa ley que dice que cuando sube el petróleo los precios en las gasolineras suben como un cohete, pero cuando bajan, la caída es como la de una pluma. Lenta y en zigzag. Así estamos. Y en vez de misterios insondables los ciudadanos exigen respuestas creibles.

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