"Ahora es Putin, un antiguo taxista y exagente del KGB, quien devora Ucrania"

Actualizado el 27/02/2022 a las 12:38
Natalka es ucraniana, trabaja en la hostelería y tras la mascarilla se adivina una joven guapa, enérgica, de ojos minerales. Tiene un hijo. Llegó a España hace algunos años, pero por fortuna no ha perdido su acento, esas sílabas que suenan a suaves chasquidos metálicos y esa prosodia musical que a mí tanto me gusta. Me cuenta que sus antepasados y abuelos pasaron mucha hambre. Sufrieron las hambrunas desatadas por Lenin y luego por Stalin, que causó el terror famélico de 1933 a causa de la requisa forzosa de alimentos y almacenes de grano. Los muertos por inanición a consecuencia de las hambrunas provocadas por ambos estadistas se cuentan por millones. Con algo de pudor, le pregunto por la antropofagia. Ella baja la cabeza y asiente. “Mantenían a los niños escondidos en casa para que nadie se los comiera. La gente mataba por unas patatas.” Las fotografías de aquellos años terribles son fotogramas de una película de terror, pero quienes causaron semejante espanto murieron en la cama, sin un juicio de Nuremberg, como la buena justicia exigía. El lamento ucraniano siguió más tarde con la invasión nazi: parte de la población vio con buenos ojos la “liberación” del yugo soviético; otros se convirtieron en partisanos. Ambos bandos sufrieron las consecuencias. Los primeros experimentos de ejecuciones en masa comenzaron en Ucrania: fusilamientos interminables, camiones gaseados con monóxido de carbono… La venganza posterior de Stalin, tras la expulsión del ejército alemán fue un nuevo espanto. Tras la muerte de Stalin, Nikita Kruschev condenó los excesos del stalinismo, el mismo que fuera uno de los agentes más enérgicos de Stalin y que en 1937 fue enviado a Ucrania para aniquilar a 30.000 personas. Ahora es Putin, un antiguo taxista y exagente del KGB, quien devora Ucrania. Y la historia sigue rodando con sus pesadas ruedas de acero sobre las cabezas de la pobre gente. Tras nuestra conversación, me despido de Natalka y le deseo suerte. En sus ojos se adivina una resignación muy antigua.