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El comodín de la llamada

Avatar del undefinedSonsoles Echavarren23/01/2022
Imagina que has tenido una bronca con tu jefe. De las históricas. Y te has escondido en el baño a llorar. Visualízate a ti mismo tras una pelea con tu pareja o una pelotera de las gordas con tu hijo adolescente. O contémplate, abatida, intentando achicar el agua de tu cocina inundada porque la lavadora ha dicho ‘hasta aquí’, tu cuenta corriente está en rojos y no puedes comprar una nueva. Ya te ves lavando a mano. Como las mujeres de antes, con sabañones y todo, en el río helado. Aunque quizá no se necesario que te imagines nada porque son situaciones que te resultarán tan habituales como la lluvia que golpea los cristales una tarde de invierno. ¿Qué haces cuándo te ocurre algo así? ¿A quién llamas o envías un ‘wasap’? Piénsalo por un momento. Seguro que hay una, dos o tres personas (no más) con las que compartes tu vida casi en directo. Que sabes que siempre estarán para ti. Que no te defraudarán(o eso esperas) y que, aunque no puedan comprarte otra lavadora, te van a animar o, por lo menos, a regalarte un abrazo. Pero no todo el mundo cuenta con esas “personas vitamina”, como las llama la psiquiatra Marian Rojas en su último libro. Ni pueden utilizar el “comodín de la llamada”, como en esos programas de televisión de antes en que telefoneabas a tu primo para que te ofreciera la respuesta correcta. El otro día entrevisté a la nueva presidenta del Teléfono de la Esperanza, Begoña Arbeloa, y contaba (puedes leer la entrevista unas páginas atrás) que hay personas muy solas que no tienen con quien compartir sus cuitas. Y que marcan este número (949 24 30 40) para que las escuchen. Me pareció tremendo. Y, a la vez, un alivio saber que funcionan (y muy bien) estas alternativas. Porque la vida es aquí y ahora y no ofrece segundas convocatorias.
Mi abuela materna, ya lo he contado en alguna ocasión, fue telefonista en su pueblo. Y su historia me inspiró mi libro ‘Mujeres de novela’ (Eunsa, 2020) y es la que abre aquellas páginas. Lary Fernández Ballesteros tenía 22 años cuando se sentó frente a la centralita del teléfono de su pueblo, El Tiemblo (Ávila), para pasar las horas comunicando a sus vecinos con sus familiares. Y, aunque se negaba a confesarlo, seguro que escuchó algunas de sus conversaciones. Yo, desde luego, hubiera firmado por conocer esas vidas ajenas. A esos hombres o mujeres que declaraban su amor o se comunicaban nacimientos o decesos a través de un hilo de cobre. Porque las vidas reales son más interesantes que cualquier ficción. Porque somos lo que decimos. Pero también lo que callamos. Y alguna vez he pensado que los verdaderos mensajes son los de aquellas palabras que no se dicen. Por miedo. Por vergüenza. Por respeto. O vete tú a saber por qué.
Relataba Begoña Arbeloa que la pandemia ha afectado mucho. Como en todas las áreas de la vida. Y que, cada vez, hay gente más sola. Miedo al contagio y a salir, reclusión en casa y soledad. Una diabólica pescadilla que se muerde la cola de la incertidumbre. Que afecta a todos, pero más a los mayores. Ya no quedan con las amigas a tomar un café, no juegan las partidas al dominó por las tardes o no se apuntan a los viajes a Benidorm. Mayores solos y tristes. Por eso, recuerdan en el Teléfono de la Esperanza, el número de llamadas en los dos últimos años ha aumentado un 30%. “Para muchos somos su único recurso”.
Las palabras de Begoña centrifugan en mi cerebro junto con esta imagen de mi abuela en blanco y negro con el aparato en la mano. Con la que le retrató el fotógrafo ambulante que iba de pueblo en pueblo y que regaló a mi abuelo, el día de San Valentín de 1948, como reza la declaración de enamorada del reverso de esa fotografía de bordes dentados. No tengo remedio. Soy una coleccionista de la memoria. Y junto a estas prendas, en el tambor de la lavadora, meto también, para que no destiñan, a todas las personas que me aguantan y que me escuchan. Porque son capaces de hacer que la vida valga la pena. Y porque, gracias ellas, sé que siempre podré recurrir al “comodín de la llamada”.
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