"Las políticas de gastar más de lo que se produce siempre han acabado igual, y quienes las promueven lo saben"

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josé ramón ganuza

Publicado el 01/01/2022 a las 06:00

Ha llegado el momento de la verdad. Los Bancos Centrales, los Gobiernos y la economía mundial se enfrentan al problema de poner fin a los estímulos sin dañar el crecimiento. Es el momento de ver si la “trampa de la deuda” es real o si los Bancos Centrales son capaces de controlar la inflación retirando estímulos y subiendo tipos de interés sin dañar excesivamente la economía.

La inflación ya está aquí. Lo que muchos anunciaron como consecuencia inevitable del endeudamiento público y privado y la consiguiente política de expansión monetaria de los Bancos Centrales se ha hecho realidad. Ya no se oyen aquellas voces que aseguraban que la globalización, con el abaratamiento de productos y el desarrollo tecnológico con la reducción de los costes de producción habían expulsado definitivamente a la inflación de la ecuación económica. Incluso ya no escuchamos a los fervientes de la política monetaria moderna que nos prometía un futuro paradisiaco con barra libre de dinero gratis. Tampoco a los que afirmaban que si la deuda se descontrolaba los Bancos Centrales presionarían el “botón de reset” para dejarla a cero sin que pasara absolutamente nada.

La cruda realidad se ha terminado por imponer. Como casi siempre, las crisis económicas son fruto de una superabundancia de liquidez, de superendeudamiento, que detrae recursos del futuro para gastarlos en el presente. Ello disminuye el crecimiento económico de los años venideros. Japón es el paradigma de estas políticas.

Hoy Estados Unidos ya tiene un IPC del 6,8% y lo que hasta hace pocas semanas se consideraba un fenómeno pasajero ya se ha convertido en estructural. En España estamos ya en niveles del 5´6%, según el INE.

Cuando a principios de la década pasada el Gobierno de Mariano Rajoy continuó con la política de recortes, iniciada por un Rodríguez Zapatero presionado por Bruselas, socialistas y populistas de izquierda se colocaron tras la pancarta y enarbolaron la bandera contra esa política de control de gasto. Una política que acabó cuando Mariano Rajoy consideró que la decisión del Banco Central de comprar la deuda pública del Gobierno le abría una ventana de oportunidad para bajar la presión y ganar las siguientes elecciones. Las ganó pero la alegría le duró poco: año y medio, hasta la moción de censura de mayo de 2018.

Tras dos años de prórroga presupuestaria llegó la pandemia del Covid y la deuda pública ya supera el 122% del PIB. Hoy el Gobierno de Sánchez ha elaborado unos presupuestos expansivos sobre unas previsiones que tanto el Banco de España como la OCDE y el Fondo Monetario Internacional consideran irreales. Por si fuera poco el Eurostat, la Oficina Europea de Estadística, sitúa a España a la cola del crecimiento económico y de la productividad de todos los países de la Unión.

Y en esto llegó la Inflación. De todos es sabido que existen cuatro formas de reducir el peso de la deuda: crecer más, subir impuestos, reducir el gasto o dejar que la subida de precios la vaya drenando. El crecimiento económico está estancado. La subida de impuestos ocasiona menor inversión y estancamiento económico, la reducción del gasto no hace ganar elecciones. Los gobiernos y los Bancos Centrales han optado por la cuarta opción: dejar que la inflación vaya disminuyendo el peso de la deuda. Pero parece que el asunto se les escapa de las manos. Dijeron que los precios subirían el 2% anual y resulta que triplicamos. Decían que el fenómeno era coyuntural y pasajero y ahora ya lo consideran estructural y duradero. Y el gobierno mirando hacia otra parte, como si la retirada de estímulos del Banco Central no se fuera a producir. Esta ola también le pasará por encima, nos pasará a todos.

Siempre la inflación pincha burbujas y pone el pie en tierra a quienes creen que aumentar la deuda sin control es la solución a la escasez, que el dinero gratis crea prosperidad. Y aquí viene el engaño. Los que ayer se manifestaron en contra de los recortes del gasto hoy no tienen remedio para el recorte que en los bolsillos de todos los ciudadanos implica la subida de precios. Ya me lo dijo hace algunos años un amigo socialista: “El remedio será dejar subir la inflación porque la gente lo nota menos que si se recorta el gasto”. Pues no, la gente lo nota más y tiene peores consecuencias para el crecimiento económico. La inflación rompe sociedades y es la mayor causa de desigualdad. Beneficia a quienes poseen activos y a quienes tienen capacidad de endeudarse y perjudica a quienes ven que sus sueldos o pensiones no crecen al ritmo de los precios. Las políticas de gastar más de lo que se produce siempre han acabado igual y quienes las promueven lo saben.

La inflación está causada por la impresión descontrolada de dinero. Pero los políticos responsables de la misma culparán a los empresarios de subir precios por su avaricia. No hay nada como escoger chivos expiatorios para evitar reconocer la propia culpa.

José Ramón Ganuza Periodista

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