Iglesia
La pamplonesa que dejó un despacho de abogados para ser misionera
Misionera de Cristo Jesús, la de Pola Ros de la Huerta fue una vocación tardía, aunque es una de las misioneras más jóvenes de Navarra y la única en la República del Chad


Publicado el 20/06/2026 a las 00:23
Pola Ros de la Huerta es una de las misioneras más jóvenes de Navarra y, sin embargo, la suya fue una vocación tardía que dejó una vida cómoda en Pamplona para iniciar otra de misionera que acabó de llenar el vacío que sentía. Misionera de Cristo Jesús, es ahora la única religiosa navarra en la República del Chad.
Nació en Pontevedra, pero desde muy niña se crio en Pamplona, a donde la familia se trasladó cuando el padre comenzó a trabajar en la Universidad de Navarra. La onceava de doce hermanos estudió en el colegio Sagrado Corazón, COU en Teresianas e Historia en la Universidad de Navarra.
Trabajó durante años en el despacho de abogados de Aladino Colín y Fernando Quintana. El trampolín que supuso un quiebro en esta historia más o menos corriente fue un viaje a México con unos amigos para dos meses. “Volví misionera”, zanja sin rodeos su voz pausada y su mirada serena en una de tantas tardes calurosas de este junio, en su visita cada tres años a Pamplona. “Para poder irme dos meses tuve que pedir un permiso de un mes sin sueldo en el trabajo, me lo concedieron y eso lo cambió todo. Fui tan feliz, que cuando volví, fue como que las cosas perdieron un poco su sentido, me sentía vacía”, explica Pola que tras ese regreso comenzó un acompañamiento personal y después de un par de años percibió que “estaba llamada a otra cosa”.
En una Pascua para jóvenes en Javier conoció a las misioneras de Cristo Jesús y allí vio que ese era su camino. Contaba entonces 37 años y con casi 40 hizo los primeros votos. “Me destinaron a África, el 3 de enero de 2001, a la República del Congo, la de Chad y Camerún y “según las necesidades”. “En el Congo estuve en una misión muy bonita en la frontera con Angola, luego fui a Camerún, de las misiones que más me han gustado, de pueblo en pueblo, pero me fui por Boko Haram, el obispo nos pidió a todos los blancos que saliéramos, por eso fui a Chad en 2014”, explica.
En estos años ha sido profesora de Historia y Geografía en un colegio, en Camerún trabajó mucho con las personas discapacitadas, con una organización holandesa que les ayudaba a pagar operaciones, material, formación.... una etapa muy bonita y en el Chad he trabajado en un centro de alcohólicos, también dando clases en el colegio San Francisco Javier de los Jesuitas y en este momento en la acogida de un hospital en la capital, en Yamena”.
El norte de Chad es musulmán, el sur es cristiano, una iglesia joven. Su jornada comienza con la misa a las 6 de la mañana. Hacen la vida con el sol, a las 6 de la tarde ya es de noche. Va al hospital hasta las 3 de la tarde y luego inicia su trabajo pastoral en la parroquia, da catequesis, los sábados va a la prisión de Yamena, un centro muy grande con celdas en las que entran 50 hombres, pero meten hasta 80 en una ciudad con temperaturas superiores a los 45 grados durante más de tres meses. “Imagínate el sufrimiento que puede ser, están así de cuatro de la tarde a ocho de la mañana, cuando pueden salir al patio”.
“Las condiciones en el país son difíciles, por el calor, el cuerpo lo nota, a veces hasta te cuesta respirar, el aire te quema, el agua de las tuberías se calienta tanto que no te puedes duchar, y el Gobierno con el calor corta la luz, no hay ventiladores...”, describe, pero tiene claro que mientras pueda seguirá, con su sombrero, sus gafas y la botella de agua en la mochila: “Me siento sostenida por la cantidad de gente que reza por mí”. Consciente del declive de vocaciones, repara en la importancia del voluntariado laico, que "hace una labor impresionante". Ella ha conocido de cerca la de muchos médicos en el hospital que los jesuitas tienen en Yamena, con facultad de Medicina y escuela de Enfermería. "Oftalmólogos, traumatólogos, ginecólogos....".