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"La última obra de Aramburu lleva cinco semanas en cabeza de las obras de ficción más vendida"

La última novela de Fernando Aramburu lleva cinco semanas en cabeza de las obras de ficción más vendidas. Puede parecer oportunista escribir una columna sobre Los vencejos ciento veinticinco mil ejemplares después, pero nunca es tarde si la novela es buena. O muy buena, como es el caso. Para quienes ya leíamos a Aramburu muchísimo antes de convertirse en “el autor de Patria”, que acometiera la tarea de escribir otra novela tras el tsunami que causó su anterior obra, no dejaba de causarnos cierto desasosiego. Después de Patria dio a la imprenta Autobiografía sin mí, un libro bellísimo, y Utilidad de las desgracias, en el que compiló una colección de colaboraciones periodísticas. Aramburu seguía estando en forma, el éxito no le había bloqueado, todo lo contrario. La prueba es Los vencejos, un novelón de setecientas páginas en el que demuestra su increíble capacidad arquitectónica para organizar un enorme puzle narrativo en torno a unos personajes unidos por una vida a ras de suelo. No es que les ocurran desgracias extraordinarias, sino las que la vida regala a cualquier bípedo, hombre o mujer. Toni, el personaje principal, decide suicidarse y se impone una fecha para darse fin. A partir de ahí arranca esa cuenta atrás que es, en realidad, una suma de acontecimientos, no más sórdidos, tristes o agridulces que los vividos por cualquier lector, contados por el propio Toni. La voz narradora oscila entre el humor zumbón, el tono agrio y un punto de crueldad. Le sirven de contrapunto dos personajes que a su modo recuerdan a la pareja que protagonizaba El trompetista del Utopía. No debe olvidarse que la bondad forma parte esencial del mundo literario de Aramburu. A pesar del volumen de la novela, el lector se deslizará sobre los capítulos como si lo hiciera sobre un monopatín. Y entre tanta caminata de personajes a ras de suelo, cuyos pasos traen algunos de los debates que sacuden a la sociedad española actual, al final le espera el vuelo enloquecido y los jirríos de los vencejos.
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