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"El tránsito de Redondo da idea de la volatilidad de las reputaciones públicas"

Avatar del Jose María RomeraJose María Romera10/10/2021
La vida en general, y la vida política en particular, está llena de ascensos y caídas que invitan a pensar en la rueda medieval de la fortuna. Ya saben, aquella señora que según dijo Manrique “no puede estar estable ni queda en una cosa”. Somos criaturas del azar sometidas a vaivenes cuyo control escapa a nuestra mano. Lo que no es tan frecuente es que el batacazo lo provoque uno mismo, como hizo la otra noche en la tele Iván Redondo, el que hasta hace poco fue ‘spin doctor’ de la Moncloa, el brujo de cabecera de Sánchez, el asesor de leyenda que durante dos años dirigió en la sombra los destinos de este país. Pues bien, bastaron sesenta minutos de entrevista para que el mito se desvaneciera devorado por su propia palabrería de charlatán de feria. Ya lo dijo otro clásico de las letras hispánicas: a manos de su antojo el tonto muere. De embaucar a líderes de derecha e izquierda a presentar sus credenciales para personaje de chiste, el tránsito de Redondo da idea de la volatilidad de las reputaciones públicas, pero más ilustra aún sobre en qué manos estamos. Oyendo al superconsultor desgranar anglicismos -’the situation room’, ‘back office’, ‘in my opinion’- y soltar humaredas de vacuidad en medio de la nada hasta el hundimiento absoluto, era inevitable preguntarse por la capacidad intelectual de quienes contrataron sus servicios y le otorgaron por aclamación el título de sumo vendedor de crecepelo con rango de ministro. Algo se les tuvo que pasar por alto. No puedes ser un máquina y al día siguiente un flipado. Urge hacer una relectura del cuento del rey desnudo para recordar que no habla de la fatuidad del monarca, sino del mutismo de su séquito y de la necedad de los súbditos que le bailaban el agua. Y a propósito de reyes: ¿no será el emérito también un caso ejemplar de ceguera colectiva deliberada? Descubiertos sus tejemanejes financieros, ¿no habrá que ir pidiendo cuentas también a la nutrida corte de pelotaris que hicieron la vista gorda con tanto regocijo? Quizá hemos subestimado el peso de los círculos de admiradores en la fabricación de ídolos de barro, tan al orden del día en la gestión política.
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