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"Basta pasar la frontera para comprobar que de pronto ya no huele a aceite y ajo, sino a mantequilla dulzona y a mostaza"

Avatar del Pedro CharroPedro Charro04/10/2021
Vi un mapa de Europa pintado de verde y amarillo. El verde estaba abajo, al sur, e iba desde Portugal hasta Chipre pasando por España, Italia y Grecia, y ese era el viejo Mediterráneo, el mundo que vive junto a un mar, como las ranas en torno a una charca, que decía Sócrates, la civilización que creó el alma inmortal y el ciudadano libre. Esa Europa verde era en realidad la de los países que cocinan con aceite de oliva, algo que llevan siglos haciendo, como si lo vertieran de un ánfora romana, mientras que toda la Europa amarilla que queda por encima, hasta la estepa rusa, es la que cocina con mantequilla, empezando por la vecina Francia, donde es imposible tomar una ensalada en condiciones. Basta pasar la frontera para comprobar que de pronto ya no huele a aceite y ajo -que ya no huele a pueblo, como decía la copla- sino a mantequilla dulzona y a mostaza. De hecho, allí huele todo distinto, como si los olores no tuvieran pasaporte. Al ver el mapa -no puedo evitar mirar un mapa, son un imán para mí-, he recordado el espléndido libro que leí este verano de Peter Brown sobre la antigüedad tardía, ese período oscuro que va desde el año 200 al 700, cuando aparece desde Oriente el islam que lo cambia todo. Se trata de un periodo casi olvidado pero muy fértil, una larga etapa en que todavía persiste el imperio romano que se va dejando penetrar por los bárbaros y en el que se asienta el cristianismo, las dos grandes corrientes que nos hacen ser lo que somos. En realidad, como explica Brown, el cristianismo viene de oriente, de Siria y Egipto, de los primeros eremitas, de Orígenes de Alejandría y Agustín de Hipona. Esa raíz cristiana, que es a la vez romana, pues se fundió con ella, está tan presente en nosotros, que ni la notamos. Es como un venerable olivo, de esos cuya edad se desconoce. La medicina, la ciencia, la astronomía que se recopilan entonces, durarán 1500 años. “Aquí viven una existencia miserable, puesto que no cultivan olivos y no beben vino”, escribe inconsolable un senador en tierras del Danubio, cuenta Brown en su libro, al que he vuelto en una de estas cálidas tardes de otoño donde el ocaso parece oro líquido.
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