"De toda esta colección de asesinos en serie, a mí me fascina la mirada vacía de Parot, su aspecto de no ser nadie"

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 19/09/2021 a las 06:00

Henri Parot parece más bien bajo, rechoncho, tiene mirada de pez muerto, los ojos enrojecidos, y una como ausencia cuando mira a la cámara. Podrías coincidir con él en la barra de una taberna e imaginártelo detrás del mostrador de una farmacia o de una mercería. Su presencia dista mucho de la imagen apayasada y siniestra de Zabarte, “el carnicero de Mondragón”, ese asesino con bigote de herradura, boina y gafas negras que cuando fue detenido por los GAR en Hernani, tras un tiroteo de dos horas con sus compinches, lo encontraron escondido, con el arma sin montar, y cagado, literalmente, de miedo. El miedo que no tuvo cuando mató a 17 personas por la espalda. Todo un gudari. Tampoco Henri Parot muestra el gesto, en realidad no muestra ningún gesto, de chulería -la boca fruncida, la mandíbula en alto- típico de De Juana Chaos, aun cuando lo vimos gordo, rodeado de moscas, asqueado de todo, mientras regentaba una licorería astrosa en Venezuela, al amparo de Nicolás Maduro. La lista de supuestos héroes que en la vida normal no alcanzarían el nivel mínimo de mediocridad exigible a un ciudadano, son ahora alzados a una mitología y un martirologio tan delirantes como cutres son quienes los forman. Hasta Urkullu encuentra repulsivas las fiestas sorpresa que la izquierda abertzale organiza a estos deficientes sociales. De toda esta colección de asesinos en serie, a mí me fascina la mirada vacía de Parot, su aspecto de no ser nadie, su calvicie de opositor tardío, su redondez aparentemente inofensiva. Pero ese tipo con todos los estigmas de la psicopatía, fue acusado de 82 asesinatos, aunque fue condenado por 26. Por tanto mérito la izquierda abertzale le preparó un homenaje. Esta es la paz de Otegi, la pedagogía que muestra a las nuevas generaciones qué grande fue el pasado de unos tipos que para dejar de ser nada eligieron ser asesinos. Así se siembra el odio. Son las semillas esparcidas para que los niñatos que no habían nacido en los 80 agredan, amenacen y se sientan héroes por un día.

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