"Donde se empieza quemando libros, se acaba quemando personas"

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José María Romera

Publicado el 11/09/2021 a las 06:00

Donde se empieza quemando libros, se acaba quemando a personas. Lo dijo Heine en Los dioses en el exilio. Para darle la razón, casi un siglo más tarde los nazis arrojarían al fuego las obras de escritores judíos y marxistas en la Bebelplatz berlinesa, antes de animarse a despachar por un procedimiento parecido a unos cuantos millones de ciudadanos. La quema de libros es el ritual por excelencia de los intolerantes, una especie de práctica deportiva de origen inmemorial que no conoce fronteras. Ahora hemos sabido que en la región canadiense de Ontario unos comités educativos han hecho arder miles de libros procedentes de las bibliotecas escolares por considerarlos inapropiados. Esta vez no eran tratados políticos subversivos, relatos satánicos ni novelas de Megan Maxwell, sino cómics de Tintín, Astérix, Lucky Luke y otros personajes de la literatura infantil. Al parecer el ojo inquisidor había descubierto en sus viñetas diversos errores de enfoque que comprometían la reputación de las poblaciones indígenas. En los informes se mencionan “imágenes discriminatorias, estereotipos racistas, sexualización, trato irrespetuoso a prácticas culturales y uso de términos vejatorios como ‘indio’ y ‘esquimal’”. Una vez eliminados, sus cenizas fueron utilizadas como fertilizante para plantar árboles y así “convertir lo negativo en positivo”. Es curioso cómo últimamente las conductas reaccionarias se revisten de valores progresistas. La obsesión por someter a escrutinio el pasado borrando de él cualquier señal de incorrección ha engendrado un nuevo fanatismo moral que amenaza con no dejar títere con cabeza. Nadie es inocente, nada está libre de sospecha, cualquier producción cultural puede ser considerada delictiva si cae en manos de los talibanes de todo signo que velan por nuestra pureza. Pobres libros. Los libros se prestan a todo, arden bien, no se quejan y son complacientes con las llamas. Los herejes, como dice Shakespeare en Cuento de invierno, no son los que arden en la hoguera, sino los que la encienden. Tienen un nombre: biblioclastas. Pero uno preferiría llamarlos energúmenos, aun a sabiendas de que no se van a dar por aludidos.

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