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“En aquella ciudad polvorienta, los niños juegan al fútbol con cabezas humanas”

Era oriundo de Sinaloa, alto, pelo afro, cultivaba un aire fronterizo a lo Hey Joe y, como Jimmy Hemdrix, tenía la voz arenosa. Decía ser medio Yaqui, una tribu del norte de México que ni siquiera se enteró de la llegada de los españoles, ni de la independencia de México. Vivían en las montañas del desierto, hasta que el gobierno mexicano se impuso doblegarlos. Cuarenta años duró el conflicto. Según contaba nuestro amigo, los supervivientes fueron deportados a la Península del Yucatán para cultivar agave. Recorrieron a pie la misma distancia que hay de Pamplona a Moscú. Algunos huyeron al otro lado de la frontera, donde se instalaron mezclados en las reservas de apaches y comanches, todos ellos masacrados entre el ejército mexicano y el de Estados Unidos, al alimón. Nuestro amigo contaba, tristeando, la historia de su pueblo. Muchos mexicanos desconocían la matanza de los yaquis, aunque hubieran leído “Las enseñanzas de Don Juan” de Carlos Castaneda. Nuestro amigo alardeaba de conseguir la mejor marihuana de México, de haber disparado una Uzi o de contrabandear con coches robados al otro lado de la frontera. Yo no le tomaba muy en serio, sobre todo cuando dejó los estudios de Sociología para dizque enrolarse en la guerrilla nicaragüense. No lo imaginaba disparando un AK-47 en Managua. En aquellos años Centroamérica era una tierra torturada por dictadores, revolucionarios, contras y la guerra nada fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Tal como sospechaba, su abandono de la universidad fue otra impostura. En su tocadiscos escuchábamos a Deep Purple, Jethro Tull, Led Zeppelin… Eran los años en que aquí Felipe González hacía la uve de la victoria y los modernos escuchaban a Joy Division. Hace unos meses, hablé por Skype con un amigo común. Le pregunté qué había sido de él. Abandonó todo y se fue a la selva a cultivar café, es decir: cocaína. Ahora, en aquella ciudad polvorienta, donde se miraba mal a las mujeres que fumaban por la calle, los niños juegan al fútbol con cabezas humanas.
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