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"Así que dejamos atrás las pocilgas con carteles de etarras y nos fuimos a bares"

En los confusos años ochenta entrábamos a los bares de Jarauta vestidos de luto y con los pelos de punta. Éramos unos raros en baretos regentados por tipos con pendiente, pues al parecer, en aquella época muchos habían doblado el Cabo de Hornos sin pisar un barco. No sabían servir una caña; en lugar de tirarla te la tiraban. Así que directamente pedías un botellín. Casi treinta años después, algunos hosteleros aún no han aprendido y es preferible beber la cerveza a morro, como cuando entonces, que tenías que atravesar una cortina de humo de hachís, que a mí me producía bascas, hasta llegar a una pegajosa barra. Las paredes parecían sudar y el suelo se te pegaba a la suela de los zapatos. Lo nuestro era Radio Futura, The Cure y por ahí, pero en Jarauta y alrededores lo que se llevaba era lo que se conocería como “rock radikal vasko”, es decir unos tipos que querían ser Sex Pistol, o The Clash en su defecto, y regurgitaban mezclas de ska, reagge y punk. Se bailaba gritando chibirap, chibirap, chibirap… Así que te abrías paso, chibirap, chibirap, para pagar las cervezas al tipo del pendiente gordo que esperaba una propina para la hucha de los presos. Ni jartos de grifa dejábamos una moneda en aquellas huchas con forma de cráneo humano. Mientras, en los altavoces sonaba Eskorbuto: “Quisiera enrollarme a una mujer policía/para estar jodiéndola/ todos los días”, chibiripa, chibirap… O Soziedad Alcoholika: “Huele a esclavo de la ley, zipaio, siervo del rey,/lameculos del poder, carroñero coronel/¡explota, cerdo/dejarás de molestar.” Así, que chibirap, chibirap, dejamos atrás las pocilgas con carteles de etarras y nos fuimos a bares, qué lugares tan gratos para conversar. Ahora se intenta reivindicar la impagable labor pedagógica de aquellos grupos con complejo de estibador irlandés. La verdad, yo lo que sí les reconozco es lo mal que han envejecido sus cantantes. Parecen sacados del tren de la bruja. A su lado, Keith Richard parece Orlando Bloom. Hicimos bien en apostar por Santiago Auserón.
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