"Maldita juventud"

Publicado el 07/08/2021 a las 06:00
Como decía Dalí: “La mayor desgracia de la juventud actual es no pertenecer a ella”. Se suele decir que los que nos dedicamos a la enseñanza, los que estamos más en contacto con adolescentes y jóvenes no sólo los conocemos mejor, sino que nos contagian -al menos un poco- sus gustos, inquietudes, ilusiones…, que como los tenemos más cerca nos mantenemos más tiempo jóvenes.
Creo que no les falta razón y que cuando vamos teniendo hijos adolescentes y jóvenes, tenemos también a nuestros alumnos codo con codo y algo de ellos nos van dejando.
Sin embargo, esta situación que parece positiva, tiene su cara “B”. La parte en la que pagamos esa ventaja que teníamos con nuestros treinta, cuarenta o incluso primeros cincuenta, la parte en la que nos es más evidente que al resto que ya estamos demasiado lejos para que nos contagien muchas cosas y que pone en evidencia lo apartados que realmente estamos.
Antes, cuando alguien de nuestra generación decía que no entendía a la juventud podíamos explicarle algo de sus ideas, gustos, inquietudes. Ahora, cuando alguien dice que no entiende a la juventud, pensamos: ¡y no eres totalmente consciente de lo absolutamente lejos que estamos!
Me decía un compañero ya jubilado hace unos años, que poco a poco te vas sintiendo descolgado de tus alumnos, pero que poco a poco también te vas descolgando de tus compañeros. Compañeros que tienen la edad de tus hijos y que como es normal te ven como ese señor mayor que eres, ese señor que en su carrera no estudió autores fundamentales del pensamiento actual porque entonces, no habían escrito todavía sus obras.
Este conocimiento y sentimiento de separación generacional, no ha pasado desapercibido a lo largo de la historia, pero como el ser humano no lleva con paciencia que le lleven la contraría ni que “con su edad” vengan a darle lecciones y menos los más jóvenes, prácticamente en todas las épocas han cargado contra la juventud y han anticipado los horrores que se avecinaban con esa juventud que venía detrás.
Desde la conocida frase de Sócrates - “La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad…”- a otras menos conocidas, como la de Hipócrates -“Los jóvenes de hoy no parecen tener respeto alguno por el pasado ni esperanza alguna para el porvenir”- el hecho de ser joven ha sido frecuentemente considerado por los mas mayores, un gran mal contra lo que su generación había construido. Pero quizá estuvo más acertado el poeta alemán Friedrich Hebbel cuando dijo: “A menudo se echa en cara a la juventud el creer que el mundo comienza con ella. Cierto, pero la vejez cree aún más a menudo que el mundo acaba con ella. ¿Qué es peor?”
Me imagino a uno de aquellos hombres primitivos cuando todo el clan se iba de caza pero su hijo se quedaba frotando dos piedra sobre unas hierbas secas porque decía que podía hacer fuego. ¡Fuego como el que enviaban los dioses! ¿Cómo iba a sobrevivir, cómo iba a cuidar a su familia si se dedicaba a perder el tiempo desafiando incluso a la divinidad?
La explicación a esta situación no me parece muy complicada: es envidia.
Envidiamos las ilusiones y la inconsciencia de los dieciséis o los veinte años, envidiamos los primeros amores, la falta de grandes obligaciones, las fiestas de entonces… Envidiamos todos los proyectos por cambiar el mundo, esas amistades inquebrantables de entonces, llegar más tarde de la hora, no ir a alguna clase… Envidiamos que el tiempo pase lento, que haya momentos que queramos que sean eternos o soñar sin los conocimientos necesarios para saber que hay muchos sueños imposibles.
Como somos conscientes que eso de “la segunda juventud” es una cantinela para consolarnos y que “la edad de oro” la vivimos hace muchos años y no con la tensión alta, reuma ciática ni un codo que me avisa de cuando va a llover, quizá tenemos que hacernos a la idea de que Dalí tenía razón.