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"El hijo del chófer"

Lo que narra Jordi Amat en El hijo del chófer (Tusquets) no es agradable, pero es necesario. No es una novela en el sentido clásico, sino una crónica de los vínculos del catalanismo con el poder financiero y mediático, contada a través de la trayectoria periodística de Alfons Quintà. Desconocía quién era este periodista. Pues bien, fue uno de los pesos pesados del periodismo catalán de la Transición, delegado de El País en Barcelona, primer director de TV3… Un pez gordo que se crio en el entorno intelectual del círculo de Josep Pla, gracias a su padre, quien hacía las veces de chófer y recadero del escritor. A través de la trayectoria de Alfons Quintà, un hombre brillante, que fue el primero en destapar el escándalo -que nunca llegó a ser tal- de Banca Catalana, una estafa financiera con la que Jordi Pujol ya mostró sus cartas. Pero Quintà era también un perturbado que sometía a las redacciones al terror de sus caprichos, acosaba a las periodistas, insultaba, humillaba; un tipo tan grosero y enfermo que sus logros periodísticos terminaron por volverse contra él. Fue admirado, nunca querido. Es tal el asco que provoca el periodista que la charcutería política y financiera de Jordi Pujol, primero atacado por El País y luego alzado a la categoría de intocable, pues supo vender a Juan Carlos I su aparente moderación, que las cloacas del pujolismo, algo que sólo vio Albert Boadella, quedan opacadas por el ogro que encarna Alfons Quintà. ¿Es una metáfora del catalanismo? Sinceramente, lo dudo. Alfons Quintà tuvo un final casi anunciado: en 2016 mató a su mujer y se suicidó. Pujol y su familia de calabreses han sido sentenciados por la historia. Muchos deseamos que lo sean por la Justicia. “El hijo del chófer” es adictivo, se lee sin pestañear, como un thriller, con la diferencia de que este libro trata de una esquina nada despreciable de nuestra historia más reciente, cuyas consecuencias siguen copando portadas de periódicos y aperturas de telediarios… Y lo que nos queda.
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