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"Un PSN que se aferra al poder a costa de perder la propia dignidad"

Artículo de opinión de Juan Gracia Armendáriz

El sintagma “memoria histórica” era un siamés conceptual y circense, pero “memoria democrática” es un retruécano de la neolengua bienpensante, o sea, un disparate semántico. Siempre creí que la memoria era una capacidad personal, como la voluntad o la paciencia, y en el caso de la memoria mayormente selectiva, arbitraria y benevolente. Elevada a categoría colectiva, bienvenidos sean los historiadores para levantar acta de los hechos e interpretarlos, pues ellos saben de primera mano que la Historia tampoco es democrática. Vaya por Dios. Va a resultar que lo democrático es una excepción, una convención y un pacto, un paréntesis civilizador, implantado tras siglos de barbarie y arbitrariedad. Va a resultar, también, que la Historia, como la mayoría de lo humano, no es sujeto democrático. En la misma semana el Gobierno quiere aprobar la “Ley de la Memoria Democrática”, al tiempo que su delegación en Navarra se olvida, democráticamente, de homenajear a José Javier Múgica, abrasado hace veinte años por una bomba lapa colocada bajo su coche en Leiza. Hace tiempo que uno no argumenta frente a quienes justifican el terrorismo y colocan en igualdad de condiciones al terrorista que muere tras explotarle una bomba y al transeúnte alcanzado por la explosión. Con quienes justifican tanta chapuza sangrienta es mejor utilizar el sarcasmo, la ironía, el humor, el caricato. Quiero creer que en el PSN, o entre sus votantes, hay gente que comienza a sentir bochorno, no tanto por esta calima tuareg que sufrimos días atrás como por el comportamiento servil del PSN ante los herederos políticos de ETA. Por un puñado de votos, podría ser el título de esta pésima película que protagonizamos los ciudadanos, pero cuyo guión viene firmado. Quiero creer, pero lo cierto es que el margen comienza a agotarse, y uno se pregunta si vale la pena gastar una columna argumentativa en un PSN que, como su nave nodriza de la calle Ferraz, se aferra al poder a costa de perder la propia dignidad, ahora sí, democrática.
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