"No quiero que las administraciones carguen con la responsabilidad de que sea feliz, basta con que no lo impidan"

Actualizado el 13/06/2021 a las 06:00
Leyendo lo que dicen algunos de los chavales que acaban de sacar las mejores notas en la EvAU, lo que para unas cuantas generaciones era la selectividad, se pueden sacar algunas conclusiones, la primera de las cuales es que para ellos las fronteras no existen, o no suponen más que un mero inconveniente burocrático. Las fronteras entre países, claro, pero también las que hay entre autonomías, que en ocasiones son más difíciles de superar. Una amplia mayoría decide salir de Navarra para continuar sus estudios.
Esa selección de 17 nombres no tiene validez estadística, pero que 11 de esos expedientes sean femeninos parece indicar que en ese tramo las chicas superan a los chicos; varios nombres de resonancias chinas, árabes o eslavas hablan de la diversidad a veces oculta de nuestra sociedad.
Lo más importante es que la selectividad (o EvAU), con sus muchos defectos, es un sistema igualitario, porque permite que destaquen más quienes más lo merecen. Deberíamos pensar cuál es la combinación de cualidades, determinación personal, un entorno familiar que apoya (o exige), y una escuela que es capaz de sacar lo mejor de los alumnos que hace falta para que la educación sea un elemento esencial del ascensor social. Así, una generación después se puede pasar de la inmigración por motivos económicos a la expectativa de estudiar una doble ingeniería. Fu Dung Dang lo explicaba en el periódico ayer: “Mis padres son inmigrantes, no tenían nada, y ellos me han enseñado a luchar por mi sueño y eso haré. Da igual lo que venga”.
En el caso de Fu, la idea de perseguir un sueño le ha salido bien. No todo el mundo puede conseguirlo. La idea de que tenemos que dedicarnos a la profesión que nos gusta choca con la realidad de que a lo mejor hacemos bien otras cosas. Conozco unos cuantos casos de personas que han cambiado su orientación profesional de forma que, desde fuera, parece sorprendente: de la ingeniería a la filosofía a los recursos humanos; de la biología a las finanzas; del turismo a la logística, de la geología a la gestión. Ciertamente no sé en qué casos esa evolución se ha producido para seguir una vocación o, precisamente, en contra de ella, pero no creo que muchos de ellos hayas sido víctimas del síndrome de 'Españoles en el mundo' : yo-tenía-una-inmobiliaria-en-Barcelona-y-lo-dejé-todo-para-montar-un-hotelito-en-las-Maldivas.
¿Podemos depender de nuestro trabajo para ser felices o confiar en eso no es más que un camino hacia la frustración? ¿Nos puede bastar simplemente la satisfacción del trabajo bien hecho, aunque no sea a lo que queremos dedicarnos? La declaración de independencia de Estados Unidos habla del derecho a la “búsqueda de la felicidad”, no de la felicidad misma.
Por eso, si yo fuera vecino de Lekunberri, desconfiaría profundamente de ese plan que tiene el Ayuntamiento de implantar “políticas de felicidad”, sea lo que sea eso. Yo no quiero que las administraciones carguen con la responsabilidad de que yo sea feliz; me basta con que no se interpongan entre mi felicidad y yo, y la mejor forma que tienen que hacerlo es que sean eficaces en los servicios que me ofrecen. Que la sanidad sea rápida, la educación abierta y completa, que las calles estén limpias y segura… De mi felicidad ya me ocuparé yo.