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Opinión
Conceptos esparcidos

Buscando el tesoro escondido

Fernando Hernández
Fernando Hernández
Actualizada 06/06/2021 a las 23:56

Qué quieren que les diga, encuentro tranquilizador que todavía haya en el mundo gente tan ingenua como para cavar en el jardín de otra persona con la esperanza de encontrar un tesoro enterrado. Lo pudieron leer el viernes en el periódico. La Guardia Civil detuvo en Arguedas a dos jóvenes (bueno, uno tenía 32 años) que habían hecho varios agujeros en el patio de una vivienda en busca de una caja con dinero. Lo más sorprendente es que dijeron que había sido el propietario de la casa quien les había confiado que escondía ese tesoro allí.

Si es así, el dueño de la propiedad violó la primera ley de los tesoros escondidos, por lo menos los de ficción: las pistas para localizarlos tienen que ser tan crípticas que encontrarlos tiene que ser un problema. En El escarabajo de oro de Edgar Allan Poe, las instrucciones para encontrar riquezas escondidas por el corsario William Kidd están escondidas con tinta invisible y con un código. En La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson fijó la idea que una equis en un mapa marca el lugar donde hay que excavar, un tópico del que se ríe la película Indiana Jones y la última cruzada. Y en 1964, en El mundo está loco, loco, loco, el tesoro no está debajo de una equis, sino escondido en una gran uve doble.

Pero esconder tesoros no era solo de piratas o delincuentes, sino una medida extrema decidida por cualquiera que tuviera algunos bienes bajo el terror. En el libro La moneda en Navarra, catálogo de una exposición de 2001 en el Museo de Navarra, se explica cómo los tesoros son “conjuntos de monedas y objetos de valor que sus propietarios escondían en épocas de inestabilidad y que nunca pudieron recuperar, generalmente por la imposibilidad de volver al lugar o por su muerte”. Continúa el texto que firma Paloma Otero, del Museo Arqueológico Nacional, diciendo que  “los lugares que se elegían para ocultar un tesoro eran muy variados: uno de los preferidos eran los escondrijos en las casas, pero también se escondían en el campo, en lugares de poco paso, y por ello su descubrimiento es casi siempre casual”.

Uno de esos tesoros encontrados en Navarra se encuentra, precisamente, en el Museo Arqueológico Nacional. Fue hallado en 1940 en las reformas del número 27 de la calle de la Merced, y está compuesto por 117 monedas medievales de oro, con piezas aragonesas, castellanas, italianas o francesas. Hay otros tesoros o tesorillos con piezas romanas, árabes o medievales localizados en diferentes lugares de Navarra, como Estella, Sangüesa o Ablitas.

Si ellos, nuestro conocimiento de la moneda en Navarra sería peor, y el Museo de Navarra, donde se acaba de reinaugurar una sala dedicada a la numismática, no tendría uno de los conjuntos de moneda más importantes del mundo. Podemos imaginarnos el miedo con el que alguien se desprendía de los ahorros de toda su vida, muchos o pocos, para protegerlos de la violencia que sacudía entonces su mundo. Ese era el dinero con el que esperaban pagar una casa, casar a una hija o costearse una peregrinación a Compostela.

¿Estaría ese dinero enterrado en el patio de Arguedas? ¿Se encontrarán dentro de unos cuantos siglos los arqueólogos del futuro con tesorillos en los que habrá billetes de euros, o, a lo mejor, un pincho USB con los datos de una inversión en bitcóins? Con los bancos subiendo las comisiones y la perspectiva, no tan descabellada, de que terminen cobrándonos intereses por nuestro propio dinero, nada es imposible.


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