"Estamos tan agotados que hemos dejado de controlar a los demás"

Actualizado el 09/05/2021 a las 23:25
Estos días, avanzando el final del estado de alarma, no he podido dejar de pensar en The Purge, una serie de películas y también una serie de televisión ambientada en un futuro distópico. Ya saben, una de esas historias en la que los seres humanos nos hacemos la puñeta unos a otros con más eficacia o entusiasmo de lo habitual, que ya es bastante.
El punto de partida de The Purge tiene algunos elementos en común con El cuento de la criada. Un golpe de estado ha puesto al frente de los Estados Unidos a una organización ultraconservadora, los Nuevos Padres Fundadores, que aprueban una legislación para que, una noche al año, queden suspendidas todas las convenciones sociales y todos los crímenes, incluido el asesinato, estén permitidos.
Por supuesto, no espero que esta noche pasada se haya producido el caos y que hordas de delincuentes hayan tomado las calles, ni que nos desenfrenemos en los próximos días. Estamos demasiado civilizados, aunque haya quien nos haya advertido sobre los límites de esa civilización. C. P. Snow, que señaló la brecha abierta entre la cultura científica y la humanística, escribía en una novela en 1979: "Seguimos engañándonos. Especialmente si vivimos en un mundo bonito y acolchado. La civilización es terriblemente frágil. No hay mucho entre nosotros y los horrores que hay debajo. Solo una capa de barniz, ¿podemos decirlo así? Y lo mismo se aplica a usted y a mi. Y a los demás. No hay mucho entre nosotros y nuestros yoes bestiales".
Hace una semana, varios sociólogos expresaban en estas páginas cómo las fiestas anuales suponían una espita por la que se libera la presión acumulada a lo largo del año. Tengo mis dudas de que ahora sea exactamente así. El levantamiento de los límites, algunos sociales y otros legales, que se produce, por ejemplo, en los Sanfermines, en realidad no permite hacer nada que no se pueda durante el resto del año (siento el horror de los sanfermineros de pro al leer esto). Hoy no es necesario esperar al 6 de julio para el rito de pasaje de la primera borrachera, ni a las Javieradas para la primera noche fuera de casa. Si lo pensamos bien, solo el encierro es verdaderamente excepcional.
Pero esa tendencia a que las fiestas, los Sanfermines, fueran dejando de ser excepcionales se ha visto sacudida estos dos años. Desde el año pasado las restricciones que rigen nuestras vidas, que tienen una incidencia especial sobre el ocio, la diversión y las relaciones sociales, han contribuido a resucitar nuestro deseo de disfrutar y de deshacernos de los límites impuestos. La nostalgia embellece el pasado y nunca nos lo pasaremos tan bien como en las fiestas que recordamos.
Estamos cansados de la pandemia. Yo lo he notado, entre otras cosas, en que en las últimas semanas he salido a la calle varias veces sin mascarilla. Un despiste lo tiene cualquiera. Pero un par fueron despistes largos: dos kilómetros andando una vez, media docena de paradas de villavesa en el otro. Por eso, lo más sorprendente es que nadie me llamara la atención en esos recorridos sin embozo. Nos hemos agotado hasta de controlar a los demás. Y eso sí que es raro.