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Opinión
Conceptos esparcidos

Los verdaderos corderos degollados

Fernando Hernández
Fernando Hernández
Actualizada 25/04/2021 a las 06:00

Estamos tan separados de la muerte (lo que, en cierto sentido, es estar separados de la vida) que los de mirar a alguien con ojos de cordero degollado no deja de ser más que una frase hecha. Hasta que, por supuesto, empiezan a aparecer corderos degollados, como ha ocurrido en las últimas semanas en Ultzama, según contaba la Policía foral. Uno de los animales apareció en un cruce de carreteras y el otro en un taller.

Los agentes navarros recurrían al público intentando encontrar alguna pista, más allá de los sospechosos habituales en estos casos. Por ejemplo, una secta que realiza sacrificios rituales que empiezan con animales y terminan con personas, como si estuviéramos en la Luisiana profunda de la primera temporada de True Detective. O amenazas mafiosas aprendidas también en la pantalla, ahora en El padrino y la escena del despertar del ejecutivo cinematográfico con la cabeza de un purasangre en la cama. O, si entramos en el terreno del simbolismo, una venganza contra la propia Policía foral por haber rescatado, poco antes de Semana Santa, un cordero descarriado.

Otra opción, que me parece más probable, es la de la mera maldad envuelta en una capa de aburrimiento, o al revés, como prefieran. Hay una larga tradición de malas decisiones tomadas por la simple intención de acabar con el tedio. Así han terminado en las habitaciones de unos cuantos adolescentes (hoy no tan jóvenes), señales de tráfico que en una noche de borrachera parecían fuera de lugar en una calle.

La crueldad con los animales era, y tal vez siga siendo, una característica de los niños, y no solo por su propia iniciativa, sino por imitación o consejo de los adultos. En un libro dedicado a los pequeños de hace un siglo o así se proponía coger un abejorro, atarle un hilo, y convertirlo en una especie cometa personal. Y en los tebeos que leía de pequeño aparecían de forma recurrente perros y gatos a cuyas colas se les ataban unas latas. Dexter Morgan, mi asesino en serie (de ficción) favorito, empezaba así, aplicando sobre los animales esa pulsión por la muerte que después desataría sobre las personas.

Esa crueldad no es una exclusiva de los más jóvenes. Se contaba hace algunas décadas una historia que involucraba a los mozos de un pueblo navarro, los excesos etílicos de las fiestas patronales, un burro y una motosierra. La leyenda urbana tenía una continuación en la que aparecía algún habitante de ese pueblo, urgencias insatisfechas en un club de alterne, precios exagerados por una copa, la barra del bar y, cómo no, una motosierra. Sin llegar a esos extremos, yo he sido testigo del intento de emborrachar a un burro (pobres burros, no me extraña que ya no se vea casi ninguno), o de cómo era un acto festivo perseguir a un aterrado gorrín embadurnado de grasa, protagonista y premio a un tiempo.

Son historias con más de treinta o cuarenta años. Hoy, sentimos un cierto horror al recordarlas, porque nos ponen delante de quiénes éramos, de en qué sociedad vivíamos.


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