Un golpe en el ombligo puede salvarte la vida

Opinión de José Murugarren

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User Admin

Actualizado el 18/04/2021 a las 06:00

Meter el puño en un punto situado encima del ombligo y comprimir hasta hacer daño puede ser terapéutico. Suena a broma pero va en serio. Se llama maniobra de Heimlich y es un recurso de primeros auxilios. No es que yo sea un especialista pero fue salir con la actualización de mi curso de manejo de desfibriladores y descubrir en el periódico que el tudelano Ricardo Hernández había salvado la vida de su madre. Y que lo había hecho por el procedimiento poco amoroso de abrazarla desde atrás y oprimirle el estómago hasta que el diafragma no pudo más. El apretón duele pero el objetivo es superior. La maniobra, ejecutada con precisión, obliga a expeler el aire de los pulmones con tanta fuerza que convirtió en proyectil el trozo de sandwich de la merienda de la víctima.

En España mueren todos los años 1.400 personas por atragantamientos. Tragamos mucho. En sentido estricto y también metafórico. Tenemos la buena costumbre de comer al menos tres veces al día, 21 a la semana, 90 al mes, 1.080 al año. Y esa tarea regular y constante lleva aparejado un riesgo continuo. Mucha masticación, deglución..., y atragantamiento. Cada día el pan, el filete y las alubias se lanzan a rodar por esa autovía mal señalizada que es la boca hacia el estómago con el peligro de equivocar el camino en el cruce del esófago y ocupar por error la faringe con riesgo de la propia vida. En fin. Que hay que andarse con cuidado. Que la garganta tiene mucho de desfiladero y los desfiladeros, de paso estrecho entre paredes escarpadas y es ahí donde se atrincheran, si vienen mal dadas, esos fragmentos del bocadillo que te llevan al otro barrio.

Hay días en los que uno se levanta consciente de su cuerpo, de su circunstancia, de lo solidario de la vida y si ha hecho un cursillo de primeros auxilios contra los atragantamientos o de manejo de desfibriladores semiautomáticos, se tira a la calle dispuesto a salvar vidas, a ayudar a quien lo necesite aplicando la frescura de los conocimientos recién actualizados. Entonces mira con aplomo a uno y otro lado por si alguien pudiera precisar de sus servicios. Hay otros, en los que temes que alguien se desplome y el mundo reclame tus conocimientos para sacar del síncope al caído que mira por donde, fue a elegir ese día que estás tan flojo, tan vulnerable, tan incapaz. Tanto que si pides un café, miedo te da pensar que la leche pueda irse por tu otro lado, por el de la respiración en lugar de la deglución, y que el error te cueste un disgusto. Entonces te visualizas hacia adentro con angustia y ves el desfiladero de tu propia garganta oscuro, con tan poca luz, que sientes pánico y pedirías ayuda. Por eso, piensas, es tan recomendable que mucha gente haga cursos de manejo de recuperación cardíaca, uso de desfibriladores y maniobras de Heimlich. Porque salvan vidas. Como Ricardo Hernández, el protagonista de Tudela y de la historia, que evitó una tragedia por algo tan simple como un cursillo de primeros auxilios.

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