Historias del minizoo de la Taconera

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User Admin

Actualizado el 18/04/2021 a las 06:00

Cuando era un crío no pensaba ir a ver los animales del minizoo de la Taconera como si fuera a un zoo de verdad, aunque ya se hablase de minizoo en los años 70. Un zoológico era el de Madrid, donde estaban las nutrias que se había traído desde el Amazonas Félix Rodríguez de la Fuente, donde había tigres y leones. Pero los animales que estaban en los fosos y en el paseo tenían sus historias.

En la Taconera estaba en una jaula, en los jardines, el mono 'Charlie', con sus prácticas obscenas, como si hubiera viajado hasta la Cuenca desde un burdel portuario de Génova o Marsella. A lo mejor es una leyenda, porque lo que sí había era una mona, que desapareció un día y pudo recuperarse de las manos de los ladrones, que intentaban venderla.

Veíamos de vez en cuando a los pavos reales, que se hacían de rogar para desplegar el espectáculo de su cola sin un horario previsto. Ya en los fosos, en una pequeña jaula, un zorro desquiciado iba de una pared a otra, intentando encontrar la forma de escaparse, hasta que un concejal piadoso ordenó su puesta en libertad.

Las estrellas eran los ciervos, con sus cornamentas de varias puntas, y los gamos (dos de ellos, regalo del rey Juan Carlos), con sus astas palmeadas. También había jabalíes, que mantenían una guerra no siempre soterrada con los ciervos, y en la que hubo algunas víctimas mortales. Los jabalíes se comían patos y conejos, y en ocasiones lo intentaban con las crías de los ciervos. Los vigilantes mataron a tiros a 7 u 8 jabalíes, que acabaron por desaparecer del parque.

Para mí las más espectaculares eran las cabras hispánicas que llegaron de la mano del Icona, a finales de los años 70, y que sustituían los riscos por la parte alta de la fortificación. También había visitantes indeseables, como las ratas que se comían a las crías de los patos azulones. E incluso un intento de ahuyentar a las ratas soltando cobayas en los fosos. Verdadera guerra biológica.

Ese minizoo pudo haber sido un miniacuario. A finales de los años 60 llegaron a hacerse pruebas para rellenar de agua los fosos y construir un estanque. Tal vez alguien soñaba con románticos paseos en barca, como si se tratase de un Retiro de provincias, pero los problemas técnicos (básicamente, el estanque se vaciaba por sí solo) hicieron que el proyecto se abandonase.

El minizoo está ahora sometido a un cuestionamiento constante, sobre todo centrado en el bienestar de los animales que lo ocupan. Si lo recuerdo bien, en La vida de Pi, cuyo protagonista es el hijo del director de un zoo en la India, Yann Martel hace una reflexión en la que se opone a quienes dicen que la vida de los animales en los zoos es triste y estresada. No, asegura, el estrés lo sufren los animales en libertad. El antílope vive asustado ante la posibilidad de que el león lo convierta en su almuerzo en un momento dado. Pero también el tigre se despierta cada mañana (o cada tarde) con hambre y la incertidumbre de si podrá saciarla ese día. Sin embargo, la vida en el zoo es segura: siempre habrá comida para el tigre y el antílope sabe que el olor del felino que le lleva el viento de vez en cuanto no le supone ningún peligro. Hasta donde sabemos, los animales no anticipan el futuro y, en ese sentido, tigres y gacelas viven despreocupados, pero la idea es interesante.

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