Bésame mucho

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User Admin

Actualizado el 17/04/2021 a las 06:00

Porun beso, yo daría lo que fuera. De la flaca o de la gorda. Me da igual. Aunque solo uno fuera. Mientras suena en mi cabeza el estribillo de aquella canción con la que el fallecido Pau Donés, de ‘Jarabe de palo’, ensalzaba las virtudes de aquella “tremendísima mulata”, no dejo de pensar en cuánto tiempo llevo sin besar a alguien que no sea mi marido y mis hijos. Y eso cuando se dejan. Porque al adolescente ya no le achuchas tan fácilmente. Más de un año sin estrujar a mis padres, mi hermana, mis sobrinos, mis amigos... Al margen de algún abrazo furtivo y de medio lado sin mirarnos a la cara, oculta tras la mascarilla. Besos que siguen prohibidos. Abrazos que se acumulan en el ‘debe’ de los abuelos. Y achuchones ‘de oso’ que, sumando los interesen que atesoran, cada vez estarán más cotizados. Y mientras seguimos caminando por este sendero, que ya se hace interminable, como si de una broma pesada se tratara, me entero de que el martes y 13 se celebró el ‘Día internacional del beso’. Pues muy bien. Pues ideal. Como las margaritas para los cerdos. Aunque, pensándolo mejor, quizá sea una buena excusa para recordar. Y no ya los tan manidos e inalcanzables besos de película o de esas fotografías tan románticas del París en blanco y negro de la Europa de posguerra. Sino, los reales. Los besos de tu vida.

¿Quién no recuerda su primer beso? Entendiendo como tal, no esos tan sonoros que te regalan de niño tu madre o a tu abuela. Y que, a menudo, te estampaban su carmín en el moflete. Sino tu primer beso de verdad. Ese que diste con el miedo a no hacerlo bien. A que se rieran de ti. A ser una primeriza ante la mirada de tus amigas en la pista de baile de una discoteca, en la barra de un bar, en la puerta del instituto en el recreo o durante aquel verano en Londres en el que no solo aprendiste inglés. Porque, no te empeñes, nunca besarás igual ni con la misma pasión que cuando tenías 15 o 16 años. En esa época de la adolescencia, en la que todo es tan intenso y pasas de la risa al llanto en pocos segundos. Esos primeros besos mirándoos a los ojos y jurándoos amor eterno mientras contemplabais la puesta de sol desde la arena de la playa. ¡Qué ingenuos! A veces, en un arrebato de pasión, terminabas con el cuello lleno de moratones que tapabas con pañuelos. Tiempo de chupópteros.

Los besos pasionales fueron tornándose poco a poco en románticos. Como el de la pareja que inmortalizó el francés Robert Doisneau frente al Ayuntamiento de París en 1950. Que se ha convertido en una imagen mítica de la vida cotidiana que se había retomado en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Una instantánea que, seguro, te estremece. Y te hace pensar en aquella pareja que pasea delante de una terraza y a la que nadie observa. El romanticismo desaparece, sin embargo, cuando me entero de que Doisnaeu, para ese reportaje en la revista Life, contrató a actores profesionales para que se besaran en rincones de París. Qué chasco. Sea como fuere, así son los besos de las parejas de novios que llevan juntas muchos años y, a veces, también los de los recién casados.

Pero no todos los besos son de este tipo. Seguro que nunca te olvidarás de la primera vez que besaste a tu primer hijo. En la cabecita, sin apenas rozarle la piel y muy suavemente, como con miedo a hacerle daño, cuando aún estabas en el paritario. Aunque, con el paso de los días, te fuiste animando. Y esas caricias que apenas rozaban su rostro con tus labios se convirtieron en besos sonoros. Interminables. Acompañados de una colección de piropos. Bonito. Precioso. Cariño mío. Mi amor. Cuántas veces habrás pensado: “No me canso de besarte”. ¿Y qué decir de cuándo los recibes? De ese chiquitín que se te acerca, te abraza y te estampa un beso en plena cara. O ese de ese otro, no tan pequeño, que te pregunta: “Mami, ¿puedo abrazarte?” O los de tus abuelas cuando ya no eran esas señoras que te pintaban de carmín. Sino que se perfumaban con aquel aroma genuino de las residencias de ancianos. Y así, hasta el infinito.

Me olvido de la ‘Flaca’ y canturreo ahora otro bolero. El de la mexicana Consuelo Velázquez. Y, como estoy tan cansada de esta pandemia, me emociona. Bésame mucho. Como si fuera esta noche la última vez.

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