Mudanzas y tempestades

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User Admin

Actualizado el 12/04/2021 a las 12:02

Me duelen hasta las pestañas después de trajinar dos días seguidos entre botes de pintura, rasquetas, brochas, rodillos, cajas de cartón llenas de libros, vajillas y papeles viejos y amarillentos. Dos días en los que hemos ‘lavado la cara’ al salón de casa aprovechando las vacaciones escolares. Y en los que los cinco, ayudados, claro está, por más gente, grandes profesionales y amigos, hemos trabajado en equipo.

Pero, más allá del resultado (paredes más limpias y de otro color, cambio en la distribución de los muebles y en la disposición de las fotos que decoran las paredes), me quedo con la satisfacción de haber impulsado y terminado una actividad todos juntos.

Que no es tarea fácil porque siempre hay protestas. Pero ahora se han implicado. Desde el adolescente, muy metido en su papel con un peto vaquero; hasta el mediano, limpiando a fondo los rodillos en el lavabo; o el pequeño, pintando las patas de la mesa de comedor de mis abuelos, que heredé como una reliquia de aquellas cenas multitudinarias de Nochebuena.

Me quedo con las satisfacción de todos y los recuerdos que ahora me rodean. En forma de floreros de arcilla o llaveros de plástico por el Día de la Madre, de dibujos en los que se refieren a su padre “como el mejor del mundo”, de miles de negativos de fotos de mi infancia (ninguno de mis retoños tres sabía qué eran esas tiras que parecían radiografías a pequeña escala) o hasta carpetas con trabajos de la universidad. En fin. Toda una vida. Mi media vida, si, con suerte, alcanzo los 90. Porque, ¡hay que ver lo que acumulamos! En cajones y en el alma. ¡Y lo que cansa una ‘mini mudanza’! Así que, me alegro de haberla emprendido en días despejados, aunque algo grises. Porque, al mirar por la ventana para comprobar que no llovía, corroboré lo sabio que fue San Ignacio de Loyola al recordar: “En tiempos de tempestad, no hacer mudanza”. ¿De ahí vendrá lo de tener más razón que un santo?


El fundador de los Jesuitas aseguraba en las reglas de discernimiento de sus Ejercicios Espirituales que no tomemos grandes decisiones cuando la vida se desmorona y hay “desolación”. Y, mientras lijaba la mesa del salón y le aplicaba pintura blanca a esa superficie, que siempre recuerdo llena de platos de consomé y de bandejas con langostinos, reflexioné sobre esa frase que nos anima a no cambiar si atravesamos un mal momento. Quizá, si yo me la hubiera aplicado no habría discutido con aquella amiga ese día que estaba tan cansada y no controlaba las palabras que salían de mi boca. O no habría castigado a mi hijo sin el móvil (lo peor que le puede pasar) porque no había recogido la habitación, si hubiera dormido más horas la noche anterior.

Actuaciones más o menos trascendentes en el día a día. Pero, pensé, ¿cuántas parejas habrán roto en un momento álgido del calentón o de la bronca, sin atreverse después a pedir perdón? ¿O cuántos hermanos habrán dejado de hablarse por una herencia mal repartida, que les pilló en un momento de crisis, porque se acaban de quedar en el paro? Sigo lijando y me propongo no volver a ‘mudarme’ si no brilla el sol.


Me siento entonces en el suelo y empiezo a vaciar el aparador de la entrada. Y, aunque tengo prisa por terminar pronto para pasar a otra tarea, no me resisto a detenerme, aunque sea un momento, en mis recuerdos. ¿Seré sentimental o padeceré el ‘Síndrome de Diógenes, ese trastorno en el que se acumula sin parar? Creo que la línea que separa ambas realidades es muy fina. Como la que trazan eso lápices de 1,5 milímetros que utilizábamos en clases de Dibujo Técnico. No sé. El caso es que encuentro una bandeja de plata con mi nombre y el de mi marido grabados sobre la fecha de nuestra boda y unos anillos entrelazados. Me la regaló una vecina de mis padres que ya murió. Entonces, con mis 27 años, me pareció lo más cursi y hortera que había visto nunca. Como de saloncito para tomar el té con pastas con las marujas. Pero ahora, casi dos décadas después, me acordé de aquella mujer tan entrañable y del cariño que puso al ir a la tienda. No solo en comprar la bandeja sino en pedir que la grabaran. Aparece también el recibo de lo que pagó mi abuelo por la máquina de escribir en la que mi madre pasaba a limpio sus apuntes de la universidad y que ahora preside la entrada de mi casa y da la bienvenida a los invitados (¡ojalá puedan venir pronto!)


Mis hijos trasladan pilas de libros, se quejan de que tenemos muchos y de que “nunca los leo”. “Es que ya los he leído todos”. Mi marido me sugiere que coloquemos ahora menos estanterías y que meta los libros en cajas y los suba al trastero. Ni hablar. “No, es que me gusta verlos”. Me escucho un poco ridícula pero es la verdad. Cada libro, como cada factura, cada bandeja o cada foto, esconden una historia. Quién nos los regaló, por qué motivo, qué dedicatoria nos escribió, cuándo lo leímos y dónde, qué aprendimos de aquellas páginas en ese momento y que nos sugieren con el paso de los años. Igual que las bandejas ocultas debajo de una mantelería y que, al cabo del tiempo, se limpian y ya no te parecen tan feas. O esa foto escondida en una caja de cartón de galletas María de cuando tenías 14 años. Y en la que posabas mirando al horizonte porque te creías una modelo. A pesar de los ‘brackets’ y los granos. Se la enseño a mi hijo mayor. “Mira, era como tú ahora”. “Que sí mamá, muy bien”, me responde. Aunque parece que recapacita porque no me ha dado mucha bola y añade: “Muy guapa”. Algo es algo.


La limpieza está llegando a su fin pero, de repente, me topo con una carpeta clasificadora de cartón verde que no recordaba. Curiosa, la abro, a ver qué sorpresa me depara. Y surgen decenas de cartas manuscritas con mi letra de adolescente. Las que intercambiaba con mis amigas en las vacaciones de verano, que perfumaba con colonia, y en las que nos contábamos cómo iban nuestros amoríos de la playa o el pueblo. Ya no desprenden olor pero ¡menuda reliquia! ¿Cómo las voy a tirar? Me pongo de pie de un salto, mancho mi móvil porque tengo la mano sucia de pintura, y hago fotos. ¡Se las voy a mandar a aquellas amigas! Contemplo el salón y veo a toda la familia afanándose en esta reforma de equipo. Y sonrío. Aunque me duelan hasta las pestañas, las manos apesten a disolvente y no se pueda dar dos pasos entre los trastos. Porque, aunque no luce el sol, por ahora, no se avecina la tempestad. Y porque ha sido un buen momento para mudarse. Por fuera y por dentro. Entre cajas y la vida.

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