Teniendo políticos, ¿para qué queremos científicos?

Actualizado el 18/04/2021 a las 10:55
Lo que ha ocurrido estaba semana con la vacuna de AstraZeneca ha rozado el esperpento. A las 4 de la tarde del miércoles, la Agencia Europea del Medicamento confirma lo que los datos ya estaban avanzando. Sí, parece que hay un vínculo entre la vacuna y algunos casos de trombos. Sí, son casos excepcionales, y basta con que quede reflejado en el prospecto, en el apartado de efectos secundarios muy raros. Sí, hay que poner la vacuna sin límites de edad. Las cifras indican que se han registrado 88 casos de trombosis, 18 de los cuales fueron mortales, en 25 millones de vacunas administradas en el Espacio Económico Europeo y el Reino Unido. El porcentaje de probabilidad de desarrollar un trombo es de un 0,00000072 %. Son, casi exactamente, las probabilidades de acertar los seis números de la Primitiva.
Y horas después, los consejeros de Sanidad de este país y el propio ministerio, que oyen a la Agencia Europea del Medicamento como quien oye llover, deciden que esta vacuna solo se utilice en personas que van de 60 a 65 años, y luego la amplían hasta los 69 años, basándose en una mala interpretación del principio de prudencia. En este caso debería leerse como que hay que utilizar esta vacuna (y todas las que hayan demostrado su eficacia y seguridad, añado yo) para acelerar la inmunización de la población en general. En la decisión de los políticos españoles de todo signo, y de algunos otros políticos europeos, subyace la idea de que nadie les va a reprochar unas decenas de muertes más por el coronavirus, que solo difusamente se podrían atribuir a retrasos en la vacunación, mientras que sí se les culpará de las muertes por trombos causados por AstraZeneca.
Con esto del miedo a las vacunas parece que ninguno nos hemos leído los prospectos de las medicinas como para saber que todas tienen efectos secundarios. Cojo un par que tengo en casa. Uno, de un antiinflamatorio para dolores leves y moderados, advierte, bajo el epígrafe “Efectos adversos muy raros (puede afectar hasta 1 de cada 10.000 personas)”: “Reacción anafiláctica (reacción de hipersensibilidad que también puede llevar al colapso), úlceras en piel, boca, ojos y zonas genitales (síndrome de Stevens Johnson y síndrome de Lyell), hinchazón de la cara o hinchazón de los labios y la garganta (angioedema), dificultad en la respiración debido al estrechamiento de las vías respiratorias (broncoespasmo) falta de aire, taquicardia, tensión arterial baja, inflamación de páncreas, visión borrosa, zumbidos en los oídos (tinnitus), piel sensible, sensibilidad a la luz, problemas de riñón. Disminución del número de glóbulos blancos (neutropenia), disminución del número de plaquetas (trombocitopenia)”.
Dicen que hemos sobrevivido como especie porque somos los herederos evolutivos de los cobardes, de los que cuando se acercaban las hienas no miraban hacia atrás para ver si se habían comido o no a un compañero. Pero también tenemos una mente que está diseñada para evaluar los riesgos y beneficios de cantidades pequeñas, y cuando entran en juego cifras tan astronómicas como las de la evaluación de la vacuna no sabemos cómo comportarnos. Esa es la razón por la que subimos a los aviones con tranquilidad y jugamos a la Primitiva con esperanza, aunque es más probable que se estrelle la aeronave que nos toque la lotería (en los dos casos, las proporciones son infinitesimales).
Estamos tardando en pedir la disolución de la Agencia Europea del Medicamento, o, por lo menos, que España deje de contribuir a ella. Teniendo políticos que hacen lo que les da la gana, ¿para qué queremos científicos que nos expliquen la realidad? Cuando empiecen a pedir voluntarios para ponerse la vacuna de AstraZeneca, aquí tienen uno, que no es que confíe ciegamente en la ciencia, pero que sí está seguro de que los especialistas se equivocan menos que quienes no lo son.