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Opinión
Conceptos esparcidos

Las raíces de nuestra cultura

Fernando Hernández
Fernando Hernández
Actualizada 04/04/2021 a las 17:50

Hace algo más de una semana se podía escuchar en el Baluarte (con la inevitable intervención de un teléfono móvil al comienzo de la obra) la Pasión según San Mateo de Bach, que se estrenó en 1729. Unos años más tarde, en 1742, se representaba por primera vez el Mesías de Händel, el gran autor inglés, aunque alemán de nacimiento. Probablemente, debajo de las dos obras subyacen dos ideas teológicas diferentes. La Pasión no solo sigue el relato del evangelista, sino que lo comenta desde el punto de vista de la relación personal de los fieles con Cristo, una idea central en el pensamiento luterano. La selección de textos de El Mesías, por su parte está centrada en la idea de la salvación y en cómo las profecías auguraron la llegada del Mesías.

En El triunfo de la música (Acantilado) Tim Blanning explica también el origen musical de las dos obras, probablemente las cumbres de la música religiosa occidental. Por un lado, Bach escribió su música para una congregación de fieles, mientras que Händel lo hizo para un público que pagaba la entrada para ver un concierto. Por otro, el músico de Leipzig tenía a su disposición músicos de mayor nivel que los que estaban a disposición de Händel para el estreno de Dublín, por lo que la partitura de Bach, con su doble coro y orquesta, es mucho más compleja, mientras que cualquier coro aficionado medianamente competente puede ofrecer una versión digna del Mesías. Entre las grabaciones más recientes de la obra de Händel está la de The Sixteen, con sus dieciséis cantantes. Para quienes les gustan las versiones mínimas, Paul McCreesh y los Gabrieli Players, grabaron la magna pasión de Bach con solo ocho cantantes. Ambas están disponibles en los servicios del ramo.

La versión de San Mateo de la pasión de Cristo atrajo a Pier Paolo Pasolini para rodarla en 1964 con un actor catalán de apellido navarro, Enrique Irazoqui, como protagonista. Cuando se estrenó, L’Osservatore Romano, que en la práctica funciona como portavoz de la Santa Sede, escribía que el filme, dedicado a Juan XXIII, era fiel al relato, pero no al espíritu del evangelista. Cincuenta años después, el periódico vaticano la calificaba de “la mejor obra sobre Jesús en la historia del cine”. La obra de Pasolini, ateo, homosexual y comunista, está disponible en FlixOlé.

Nueve años después llegaba Jesucristo Superstar, la película basada en el musical de Broadway que narra la última semana de Cristo, convertido más en un activista político que religioso, y traicionado por Judas, muere crucificado (pero no resucita, uno de los mayores reproches que le hicieron a la película en el estreno). Ted Neeley, el actor que interpretaba a Jesús, aseguraba hace unos años, en el 40 aniversario de la película, que Pablo VI había visto la película y la había elogiado como una forma de difundir la figura de Jesús. Hoy puede verse en Filmin.

La pasión y muerte de Cristo, y su resurrección para los creyentes, han marcado dos mil años de civilización en Occidente. No es la única capa que conforma nuestra cultura, pero probablemente es la más determinante y sin ella, escribía Tom Holland (el historiador, no el actor) en Dominio (Ático), no es posible entender nuestro mundo secular, porque ideas como la de que todos somos iguales son ajenas al pensamiento griego o romano en los que también se hunden las raíces de nuestro pensamiento.


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