La leche que empapa las torrijas

Actualizado el 04/04/2021 a las 17:51
Me pregunto hasta cuándo seguiré nadando entre la leche derramada. Lo sé. Exagero. No es exactamente nadar, nadar. Pero sí fregar, a diario, el líquido blanco más o menos desnatado que se extiende por el hule de la cocina y que chorrea por esa superficie hasta las sillas de plástico. O, peor aún, hasta las baldosas del suelo. Los años pasan pero hay realidades que no cambian y yo sigo haciendo largos. Más, si encadenas un hijo con otro y siempre tienes un chiquitín al que llevar a los columpios. En esta tontería pensaba la otra tarde, cuando me vine arriba. Escondí el régimen en un cajón de esa mesa sucia y me puse a cortar rebanadas de pan blando, a empaparlas en leche templada con canela y cáscara de limón, a rebozarlas en huevo batido, a freírlas en abundante aceite hirviendo (para que mi marido no me diga que no tengo paciencia y no dejo calentar el aceite lo suficiente) y a envolverlas en azúcar con canela espolvoreada. Ummmm... Qué ricas. Con la rasera en la mano derecha y mi novela en el oído izquierdo, serpenteando por el cable del auricular que procedía de mi móvil en el bolsillo del delantal, pensaba en el fluir de la vida. Y, como una maruja intelectual cualquiera, reflexionaba sobre qué rápido hemos pasado de los turrones a las torrijas. De los árboles de Navidad a las procesiones de Semana Santa (o lo que queda de ellas). Y de las borrasca ‘Filomena’ a los almendros o cerezos en flor. Ha sido un trimestre duro. Dando bandazos de un lado a otro de la pandemia. Con confinamientos de hijos y pedaleando en el teletrabajo. Pero siempre con la leche derramada. ¡Aprovechemos ahora y empapemos con ella esas torrijas festivas! ¡Disfrutemos de unos días de descanso, en bici o caminando, aunque no podamos salir de viaje! ¡Feliz Semana Santa de torrijas y excursiones!
En medio de este panorama, llevo unos días durmiendo mal. Pero no por culpa de mis hijos, que ya son unos lirones y a los que hay que sacarles casi a rastras de la cama. Y como tengo la mala costumbre de repasar mi vida y la de los que me rodean en esas espantosas noches de insomnio y valerianas, reordené un poco ‘el devenir’. Ese transcurrir de los años y esas ‘noches toledanas’ de niños llorones. Si me llegan a decir hace quince, doce o siete años que mis hijos iban a dormir toda la noche del tirón, me hubiera dado un ataque de risa. Entonces, yo peregrinaba como alma en pena por los pasillos de los supermercados buscando en las estanterías (perdón, lineales) de los productos de bebés, todo lo que llevara la palabra ‘sueño’. Ya fuera una papilla de cereales con melisa y valeriana o un gel de baño con lavanda relajante. Poco me faltó para inocularles algún somnífero y en las noches más desesperadas, lo juro, lo hubiera hecho. Pero no. Al final, siempre me quedaba en la pasiflora. O sea, en la nada. Y mi marido y yo sumamos noches enteras sentados en una mecedora en el salón, con los bebés en brazos o rotando de cama en cama. No sé por qué pero siempre sucedía un milagro y los niños nunca se nos caían al suelo. A pesar de que, en ocasiones, nos despertábamos sobresaltados con espamos en los brazos. Nunca entonces pensé que la que podría dormir mal sería yo. No por su culpa sino por la mía propia.
Con esta historia le lloraba a mi amiga Marina la otra tarde. Las dos de manga corta y tomándonos unas cañas en una terraza, mientras nuestros pequeños subían y bajaban por el tobogán y trepaban por las cuerdas. Felices. Con mascarilla pero sin preocupaciones más allá de que Fulano o Mengano nos les elegían en el equipo improvisado de fútbol de esa tarde. Mientras Marina me ‘recetaba’ unas pastillas naturales que a ella, asegura, le van muy bien cuando está muy estresada por los hijos o el trabajo, le enseñé la foto del bebé recién nacido de una amiga que ha sido madre tardía. “¿Y ya duermen?”, bromeó. Aunque, al segundo, rectificó. “Esa pregunta mejor no hacerla nunca más. Desde que te quedas embarazada, dejas de dormir. Ya no concilias el sueño profundo nunca más. Si no es por una cosa es por otra. Y si no, ya son las hormonas...” Buf, qué mal panorama me dibujó entre la espuma de la cerveza. Aunque, confieso y mal que me pese, tiene razón.
Y entonces le pregunté si creía que esa realidad era la misma para hombres que para mujeres. “¡Qué cosas tienes! ¡Ellos duermen como marmotas!” Conozco a algunos que no concilian el sueño fácilmente pero, en general, doy fe de que empiezan a roncar en cuanto su mejilla roza la funda de la almohada. Mi hijo mediano, el pobre, no integra esa cofradía generalizada. Y él tiene carné de ese grupúsculo de varones al que le cuesta dormir. Pasea por el pasillo. Se sienta en el sofá con nosotros mientras vemos “la serie nuestra de cada noche” y nos pide que le acompañemos a la cama. “Es que no me duermo”, se queja. Aunque, la verdad, no me extraña, con tanto paseíto. “Mira, si te quedas quieto en la cama y piensas en algo agradable, seguro que te viene el sueño”, le animo parafraseando a mi madre cuando yo era una niña. Aunque a mí, si estoy en esos días de sueño alterado, esa receta no me suele funcionar. “Algo bonito, ¿cómo qué?”, me reta. “Pues no sé, la playa, la piscina, el monte...” “Buf, a mí eso no me gusta. Además, hace tanto que no vemos el mar...”
Y ahí ya me desarma y no sé qué decirle. ¡Cuántas actividades hacíamos antes que no valorábamos! ¡Cuántos viajes emprendíamos y solo nos quejábamos por el estrés de preparar el equipaje o de dejar el apartamento limpio y ordenado antes de marcharnos! ¡Cuántas comidas con la familia o los amigos, a las que íbamos sin dar importancia o incluso, a veces, lamentándonos de todos los compromisos sociales que encadenábamos! ¿Y cuánto daríamos ahora por poder recuperar ese pasado prepandémico que ya nos resulta tan lejano? Otra de mis amigas, con la que quedé el otro día después de meses sin vernos, confesaba que no creía que nunca volviéramos a llevar la vida de antes. “Igual, igual no será... Nos quitaremos las mascarillas y podremos viajar y reunirnos con la familia pero no sé...”, imaginaba ese futuro incierto. Es cierto que a todos nos afecta, más o menos, la famosa fatiga pandémica. Que ya estamos muy cansados. Agotados. Y que, a veces y a algunos, el virus o sus tentáculos nos quita hasta el sueño. Pero creo, en sentido literal y figurado, que no podemos bajar la guarida y que debemos seguir saliendo a la naturaleza y cocinando torrijas. Porque un paseo por la orilla de un riachuelo, respirar aire puro por un sendero sin mascarilla o tumbarnos sobre nuestros abrigos, en una pradera a reírnos de la vida con los amigos mientras damos buena cuenta a unas torrijas con leche derramada no tiene precio. ¡Hagámoslo! ¡Es gratis! Aunque tengamos que pasar la bayeta a diario por el hule después de los desayunos. Y aunque después de las vacaciones de Semana Santa hayamos sumado unos cuantos kilos de más.