"Pedir una cierta eficacia a los gobernantes no parece una idea descabellada"

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User Admin

Actualizado el 28/03/2021 a las 06:00

La cuarta ola de la pandemia ya está aquí, o eso parece, y la única duda es si romperá mansamente en la playa o batirá con fuerza todo lo que tenga por delante. Nuestra responsabilidad como ciudadanos está en tomar todas las medidas que nos recomienden (y no solo aquellas a las que nos obliguen) para frenar la expansión del virus. Y hacerlo a pesar de que vemos todos los días a quienes, por ignorancia culpable, desprecio a la vida de los demás o simple inconsciencia, hacen caso omiso a consejos y órdenes.

Entiendo la desesperación de los hosteleros, hundidos por una crisis que ha incidido en su medio de vida y en nuestra forma de vivir, pero llevamos meses en los que los científicos (sobre todo cuando no tienen la responsabilidad de tomar decisiones) insisten en lo mismo. Estar en un lugar cerrado, sin una ventilación adecuada y quitándonos la mascarilla incrementa de forma notable la posibilidad de contagiarse. Es parecido a lo que ocurre con los jugadores de golf durante las tormentas. Es muy arriesgado estar en campo abierto agitando un palo metálico, y lo sabemos desde el experimento de la cometa y la llave de Benjamin Franklin.

Es cierto que los agoreros siempre juegan con ventaja: si el presente es más feliz de lo que se había pronosticado, nadie se acuerda de quienes predijeron el desastre. Es una desgracia que llevemos unos meses en los que no nos queda más remedio que darles la razón.

Hay países que lo han hecho mejor que nosotros (y, en general, que las naciones europeas), normalmente a base de estrictos confinamientos por periodos relativamente breves de tiempo y un seguimiento exhaustivo de los contactos de los infectados, para obligarles a guardar cuarentenas y confinamientos personales. Australia, por ejemplo, solo ha tenido dos olas, la primera y la de agosto y, desde entonces, el número de casos diarios es mínimo, menos de cinco. Con 26,7 millones de habitantes, a día de hoy tiene 150 casos activos, con 71 ingresados y 1 persona en la UCI. Solo en Navarra, con un 2 % de la población de Australia, hay 20 enfermos de covid en cuidados intensivos. Y, tal vez lo más importante, con los datos con que en España pensaríamos en desescalar, allí saltan las alarmas.

Se puede alegar, y es cierto, que Australia, una isla (aunque de tamaño continental) en una esquina del mundo es más fácil de proteger que un país abierto que supone un enlace entre Europa, África y el resto de Europa.

Ahora bien, ¿seguro que aquí y ahora no habría forma de hacerlo mejor? La responsabilidad de cada uno es esencial, pero también la de los gobiernos central y de Navarra. No tanto por las medidas que se adoptaron o se dejaron de adoptar en las primeras semanas, incluso meses, sino por cómo están gestionando un año después, las ayudas, la vacunación o el rastreo. La falta de liderazgo del Gobierno de Pedro Sánchez es clamorosa (¿no queríais autonomías? pues ahí las tenéis, parece decir). Tenemos unos 120 rastreadores para seguir los contagios y a sus contactos, pero los datos de su trabajo están ausentes de la web de transparencia del Gobierno foral. Pedir una cierta eficacia a los gobernantes y que vayan más allá de descargar todo sobre los hombros de los ciudadanos no parece una exigencia descabellada.

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