"Vivimos una parte de nuestras vidas entre la realidad y la ficción"

Actualizado el 21/03/2021 a las 21:33
Hace ya unos meses, en una terraza, pude fijarme durante unos minutos en el ocupante de la mesa de al lado. Al principio no le presté atención: ya nos hemos acostumbrado a que cuando parece que alguien está hablando solo, en realidad esté manteniendo una conversación por teléfono, solo que no vemos ni el teléfono ni los auriculares.
Pero mi compañero de terraza, un hombre que probablemente no había cumplido los 40 años, no estaba hablando por teléfono. Era evidente que no tenía ni siquiera uno de esos minúsculos pinganillos que convierten a quien los lleva en un aspirante a espía, aunque en realidad lo que ocurra es que está oyendo reguetón. Gesticulaba con amplitud, como si tuviera delante un interlocutor, pero no tanto como para llamar la atención del resto de los comensales.
Tenía enfrente de él un plato, y daba la impresión de que estaba hablando con alguien que le llevaba la contraria, como si estuviera esperando a su Godot particular y tratase de ensayar la conversación que iba a mantener con él, anticipando la posibles respuestas que podía recibir. Tal vez se había dejado llevar por el entusiasmo y ya no preparaba el encuentro, sino que los estaba viviendo de forma previa. Casi todos intentamos prepararnos para lo inevitable, y siempre nos sorprende la realidad. En francés existe una expresión l’esprit de l’escalier (el ingenio de la escalera) que hace referencia a esa respuesta brillante que se nos ocurre una vez que hemos abandonado una reunión.
Durante la mili conocí los juegos de rol, a través de un compañero de Barcelona que jugaba a ellos cuando eran más una rareza que una excentricidad. Para quien no los conozca, lo esencial es que cada jugador interpreta un personaje que, habitualmente colaborando con otros, tiene que conseguir un objetivo. Así, eres un hobbit en Tierra media, un investigador de lo oculto en La llamada de Ctulhu, o uno de los seis clones de tu personaje en el futuro distópico de Paranoia. Pues bien, tras una partida de Tierra media, Joan y sus amigos volvían en un autobús comentando las jugadas. Y lo que en el recuerdo de un partido de fútbol hubiera sido algo así como “¡qué pena que tu remate haya ido al poste!”, en ese grupo de veinteañeros un tanto alborotados la conversación se desarrollaba en términos parecidos a estos: “Cuando hemos entrado en la taberna, ¡menos mal que hemos degollado al que estaba detrás de la puerta!”, “y si no llego a sacar el cuchillo para amenazarles no hubiésemos podido llevarnos el dinero”. Se hacen una idea. Al cabo de unos minutos, se dieron cuenta de que a su alrededor se había creado una burbuja física y un silencio incómodo, y empezaron a hablar de sus estudios y sus padres como si no hubiera pasado nada.
Vivimos una parte de nuestras vidas entre la realidad y la ficción. Lloramos y nos reímos con las películas o el teatro porque sentimos como nuestras las experiencias de sus protagonistas y, al tiempo, intentamos conjurar el futuro imaginándonos más felices, más ricos, más guapos… Cerramos los ojos al dormir y por un instante creemos que podemos controlar nuestros sueños.