"Imaginemos el cuidado con el que prepararon el cuerpo del hombre de Loizu antes de introducirlo en la cueva"

Actualizado el 14/03/2021 a las 23:25
Seguro que alguien lloró la muerte del hombre de Loizu. La veintena corta de años que tenía al morir el joven cuyo esqueleto fue encontrado en la cueva del valle de Erro permite imaginarnos el dolor de sus padres, tal vez de una esposa, ante la muerte con un golpe en la cabeza (¿accidente? ¿crimen? ¿guerra?) de un chico en la flor de la vida. Podemos pensar en el cuidado con el que prepararon el cuerpo antes de introducirlo en la cueva, a qué dioses le encomendaron, cómo celebraron su vida o su muerte.
Hace 11.700 años, la revolución del Neolítico, que no solo cambió las herramientas de piedra sino que, sobre todo, alteró el modo con el que la Humanidad se relaciona con la naturaleza a través de la agricultura y la ganadería, empezaba a desarrollarse en esa región que suele llamarse el Creciente Fértil y que abarca desde el Nilo hasta Mesopotamia, el territorio que hoy ocupan Egipto, Israel, Líbano, Siria, Irak e Irán. La agricultura asentó a las poblaciones, dio origen a las ciudades y poco a poco se extendió por casi todo el mundo.
Pablo Arias Cabal, el profesor de la Universidad de Cantabria que participa en investigaciones sobre el hombre de Loizu, escribía esto en el catálogo de la exposición La tierra te sea leve. Arqueología de la muerte en Navarra que se presentó en el otoño de 2007 en el Museo de Navarra. “En Navarra no se ha documentado, hasta ahora, ningún testimonio funerario del período más largo de la Historia, el Paleolítico, la parte del pasado comprendida entre la llegada de los primeros seres humanos hasta, aproximadamente, el final de la última glaciación, hace unos 11.200 años. Tal vez resulte sorprendente la carencia de datos de este tipo para un segmento temporal tan vasto. No obstante, podemos considerarlo un hecho normal si hacemos un análisis detenido de la a información arqueológica. En Europa, la frecuencia de testimonios funerarios paleolíticos es muy baja. Por ello, lo verdaderamente sorprendente habría sido lo contrario, que hubiera aparecido una sepultura paleolítica en una región relativamente pequeña y en la que la densidad de yacimientos paleolíticos no es particularmente elevada (…)”.
Estas líneas de hace casi 14 años ayudan a enmarcar la importancia del hallazgo, “verdaderamente sorprendente”, como escribía entonces el catedrático de Prehistoria de la Universidad de Cantabria. Los restos hallados en la cueva nos permitirán conocer mejor cómo se vivía (y se moría) en esos tiempos: qué comían, cómo se desplazaban a lo largo de su vida, qué enfermedades podían sufrir.
La ciencia nos permite ir más allá de donde estamos. Muy lejos en el espacio, como es el caso de las sondas que han llegado en las últimas semanas a Marte para analizarlo. Hacia el interior de la materia, con esas investigaciones sobre lo infinitesimal que han dado lugar a la mecánica cuántica, sin cuyo desarrollo la informática y electrónica modernas no serían posible. Y hacia atrás en el tiempo, para saber cómo eran las personas que ocupaban hace casi doce milenios este territorio e imaginarnos si sus sueños, miedos y esperanzas eran, en el fondo, muy diferentes de los nuestros.