"Imaginemos que los ciudadanos que echasen una moneda al pozo reclamasen al ayuntamiento los deseos incumplidos"

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User Admin

Actualizado el 07/03/2021 a las 22:33

El pasado miércoles, el ayuntamiento de Pamplona debatía si sustituir la tapa metálica que cubre el pozo de la calle Zapatería, que le da el aspecto de un banco comprado en la sección de mobiliario urbano de Ikea, por otra que permita verlo. En la discusión, al representante socialista se le ocurrió dejar abierto el pozo, para que los pamploneses puedan lanzar monedas para pedir un deseo.

Lo de tirar monedas a los pozos y las fuentes parece una tradición que apareció por toda Europa antes de que se descubriera que es una actividad antihigiénica eso de lanzar algo que casi por definición está lleno de porquería donde se bebe. A ver si se les ocurriría sacar de su bolsillo un euro y ponerlo en un vaso, como si fuera una aceituna en el vermú. Es de esas cosas que tienen sentido cuando se hacen en un solo lugar, y se van degradando copia a copia. Entre la Fontana de Trevi y el pozo de Zapatería median casi los mismos pasos que separan una escultura de Bernini del Ecce Homo de Borja.

Parece que hay una cierta manía de inventarse tradiciones, como si no tuviéramos suficientes; convertimos en costumbres inmemoriales actos que no tienen más de un lustro simplemente porque no tenemos memoria y somos demasiado perezosos como para intentar acordarnos del momento en el que no ocurrían. Algunas se consolidan porque consiguen transmitir un simbolismo. De niño, todo el mundo que se ponía el pañuelo rojo en San Fermín lo hacía desde la mañana del día 6; esperar al cohete para hacerlo es nuevo, pero el gesto ha tenido éxito porque contribuye a reforzar la idea de que la fiesta empieza con el chupinazo. Pero ahora no tenemos esa relación casi mágica con el agua o con el dinero, y tirar unas monedas a un estanque o un pozo no alcanza siquiera la categoría de superstición.

Y, como siempre que la administración se interpone innecesariamente en la vida de los ciudadanos, pueden surgir problemas. Imaginemos por un momento que, al tratarse de una iniciativa municipal, terminasen los ciudadanos reclamando al ayuntamiento los deseos incumplidos, ya que ha asumido la responsabilidad de facilitarlos. Sería divertido dilucidar en el contencioso-administrativo cuál es la responsabilidad consistorial por una relación sentimental fallida, un problema de salud o una primitiva que no ha tocado.

Pedir ayuda para cumplir nuestros deseos es universal. Hace dos años, el Museo Universidad de Navarra dedicó una gran exposición a la artista peruana Cecilia Paredes. Una de las salas llevaba por título El deseo. Colgadas del techo, unas cintas reproducían los mensajes que los fieles habían dejado en unas cajas situadas en las peanas de los santos que se veneraban en una iglesia de Lima. Cada frase es prácticamente un microrrelato, solo que anclado en la realidad: “Protégenos de la maldad y la envidia y que Julio jamás nos vuelva a hacer daño”; “Déjame vivir un poco más para ver a mis hijos”; “Intercede ante el Señor de la Justicia para que Leonor resuelva su pedido ante la Fiscalía con tino”; “Ayúdame a perdonar”; “Tal vez sabes lo que estoy pasando, se me está volviendo todo nada, mi alma está vacía”; “Salud para mi esposo e inteligencia para mi hijo”; “Quítame esta pecadera”; “Tengo miedo”… Qué difícil es no reconocerse en esos deseos.

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