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OPINIÓN

"El mito de la Transición pacífica ha sido útil para comprender que los violentos deben quedar expulsados de la política"

Esta semana, con el 40 aniversario del intento de golpe de Estado del 23-F, hemos vuelto a hablar de la Transición como un proceso pacífico que solo estuvo en verdadero peligro en esas 18 horas en las que un grupo de guardias civiles tomó el Congreso de los Diputados, los tanques salieron a la calle en Valencia y algunas unidades de la División Acorazada Brunete tomaron Televisión Española.
Es el mito de la Transición pacífica, al mismo tiempo falso y cierto. Es falso en el sentido de que en esos años que van desde la muerte de Franco hasta la aprobación de la Constitución en 1978 o, si se prefiere, la llegada del PSOE al poder en 1982, se registraron en España cientos de muertos como consecuencia del terrorismo político. La mayor parte corresponden a las acciones de ETA y, en menor medida, de los GRAPO, pero decenas de personas perdieron la vida, sobre todo en los primeros años, por los asesinatos de grupos de extrema derecha, o a causa de torturas o en oscuras circunstancias en comisarías o cuarteles.
La Transición fue pacífica porque sus protagonistas principales decidieron que fuera así: renunciaron a la violencia para imponer sus propósitos políticos. La imagen de Manuel Fraga, representante de una derecha que entonces hundía sus raíces en el franquismo, presentando en el Club Siglo XXI a Santiago Carrillo, el secretario general del Partido Comunista sobre el que pesaba la sospecha de su participación en la matanza de Paracuellos, tenía algo del punto final de la Guerra Civil. (¿Alguien imagina hoy a Pablo Casado presentando a Pablo Iglesias, o viceversa?) Eran unos años en los que la Organización Revolucionaria de los Trabajadores, un grupo maoísta que tuvo un cierto predicamento en Navarra, proclamaba el sí a la Constitución. La violencia existía, sí, y dejaba una huella terrible de dolor, pero se producía fuera de una mayoría que había optado por la paz.
Frente a quienes hubieran querido que el símbolo de esa época se pareciera al cartel de Novecento, con los obreros avanzando en una línea compacta frente al enemigo, o a las pinturas de Stolz en la cúpula de los Caídos, que glorifican al bando de los sublevados, fue El abrazo de Juan Genovés, la pintura que preside hoy la Sala Constitucional del Congreso, la que se convirtió en un emblema de la reconciliación entre españoles. Genovés decía que su lienzo representa a las “miles y miles de personas que luchamos para que nuestro país no fuera diferente”. Y así es. Los españoles no hemos tenido una tendencia a matarnos mutuamente más acusada que la que han tenido franceses, ingleses, alemanes o, ya puestos, los antiguos romanos, que dirimieron sus propios conflictos internos a golpe de legión.
En su Breve historia del mito, Karen Armstrong explica que “un mito es cierto porque es eficaz, no porque proporcione una información objetiva. Sin embargo, —Armstrong habla de los mitos religiosos— fracasará si no nos permite comprender mejor el significado profundo de la vida”. El mito de la Transición pacífica ha sido útil para comprender que los violentos deben quedar expulsados de la política y nos ha ayudado a comprender el significado de la vida pública. Por eso debemos seguir creyendo en él.
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