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Opinión
Conceptos esparcidos

Por qué seguir yendo a Marte

Fernando Hernández
Fernando Hernández
Actualizada 21/02/2021 a las 06:00

Pertenezco a la generación que creció con un Madelman astronauta y a la sombra de las hazañas del programa Apollo. No recuerdo el momento en que llegó el hombre a la Luna (o mejor dicho, mis recuerdos de aquella noche de 1969, cuando no había cumplido 4 años, están reconstruidos), pero sí la emoción que seguían causando los lanzamientos desde Cabo Kennedy o proyectos soviéticos, después rusos, como el de la estación espacial Mir. Eran años en los que veíamos en la tele Espacio 1999, o Perdidos en el espacio, series en las que la ficción no parecía tan alejada de la realidad que nos imaginábamos. Como decía la introducción de Star Trek, el espacio era la última frontera.

Desde que la Unión Soviética puso en órbita el Sputnik y a Yuri Gagarin han pasado, en números redondos, 60 años. Desde entonces, hemos llegado a la Luna, a todos los planetas del sistema solar, hemos aterrizado y despegado de un cometa y tenemos una sonda que ha alcanzado los límites del Sistema Solar. Los astronautas van a la Estación Espacial Internacional de una forma tan habitual que parece que simplemente tienen el desplazamiento laboral más largo del mundo. Sigue siendo un oficio peligroso. Al fin y al cabo, debajo de los astronautas se produce una explosión, controlada, pero explosión. Pero ya no nos impresiona.

Estos días han ido llegando a Marte diferentes sondas y equipos que nos van a ayudar a conocer mejor el planeta rojo y descubrir si hubo en algún momento vida allí, en lo que hoy es una roca inhóspita. El propio nombre de Marte hace referencia al dios romano de la guerra, y sus dos lunas llevan el nombre de los escuderos de la versión griega del mito: Fobos (miedo) y Deimos (terror). No es extraño que desde La guerra de los mundos a la hilarante Mars attacks! hayamos situado allí a nuestros enemigos espaciales. De hecho, uno de los personajes de los Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco de Arthur C. Clarke decía que algún día nos vamos a encontrar con una demanda interplanetaria por difamación.

No sabemos en qué forma conocer mejor Marte o mejorar nuestra capacidad de viajar al espacio afectará a nuestras vidas. Tal vez allí encontremos respuestas a enfermedades que todavía no conocemos, descubramos nuevas fuentes de energía o adquiramos las herramientas necesarias para salir de la Tierra si llega el caso. Stephen Hawking, por ejemplo, pensaba que solo nos quedan cien años para colonizar otros planetas y evitar la extinción de la raza humana.

Pero incluso pensar que el conocimiento que adquiramos del programa espacial pueda servirnos para algo en un futuro no deja de ser una visión utilitarista del programa espacial. Creo que lo más importante es que nos muestra que todavía no hemos alcanzado los límites de la humanidad, y que ayuda a que tengamos una cierta esperanza en nuestra capacidad de superación. Cuando Kennedy anunció el propósito de poner un hombre en la Luna dijo: “No lo haremos porque es fácil, sino porque es difícil”. El espacio, Marte, como el hombre, están hechos de la misma materia que los sueños.


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