"Confío en el valor terapéutico de la humillación para tratar con los abusones"

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User Admin

Actualizado el 07/02/2021 a las 22:38

Hace un par de semanas, mi suegra estaba esperando a que bajase el ascensor de Abejeras, que ya había llamado, cuando le pegó en la espalda la rueda de una bicicleta. Era un joven (pero no un chaval), que, sin mascarilla, intentaba meterse en el ascensor. Inés le dijo que esperase a que ella, que va para los 84 años, subiera, porque no debían ir juntos. Después de diez meses y pico de pandemia, el abecé. La respuesta del chico fue: “Si usted tiene unas normas, yo tengo las mías”. No consintió en quedarse en tierra; se aprovechó de la diferencia de tamaño, subió con su bicicleta al ascensor y se fue. Es posible que piensen que una llamada a la Policía municipal, para denunciar una infracción de la Ordenanza Municipal sobre Promoción de Conductas Cívicas y Protección de los Espacios públicos, una propuesta de sanción, un expediente administrativo y, finalmente, la sanción misma ayudarían a corregir comportamientos incívicos como el que he descrito. En este momento de mi vida creo que dos bofetones sumarísimos bien dados, con la mano abierta, de los que causan más vergüenza que dolor, cumplirían de forma más eficaz la misma función. Supongo que habrá quien se eche las manos a la cabeza, pero confío en el valor terapéutico de la humillación para tratar con los abusones.

Lo podían leer ayer en este periódico. La pandemia está acabando con nuestra paciencia, dicen los psicólogos. Es cierto. No tenemos mucha esperanza en que el próximo 15 de marzo, cuando se cumpla un año del estado de alarma, nuestra vida vaya a ser muy distinta de la que tenemos hoy, restricción arriba, restricción abajo. Ya no es una fatiga pandémica, es un cansancio universal que nos quita las fuerzas y la alegría y nos condena al retraimiento. (Que esté lloviendo de forma inmisericorde cuando escribo estas líneas tampoco invita al optimismo).

Nos hemos vuelto huraños y desconfiados; debajo de la máscara ocultamos un gesto de miedo cuando alguien se cruza con nosotros con la mascarilla por debajo de la nariz. Nos preguntamos qué privilegio autoriza a los corredores y algunos ciclistas a utilizar las aceras como pista de entrenamiento a cara descubierta (una expresión que tiene un cierto tono delincuencial), jadeando en la cara y la nuca a los peatones. Tememos, aún más que antes, tener la terraza de un bar debajo de nuestra casa. La tolerancia se ha suspendido. Hemos convertido a nuestros vecinos en el otro. Les queremos callados, como ausentes, en una mala paráfrasis del poema de Neruda. “El hombre es un virus para el hombre”, podría escribir hoy el pesimista Hobbes.

Este es tiempo que nos ha tocado vivir. Tenemos tantas enfermedades bajo nuestro control (poco más o menos), que una pandemia estaba tan lejos de nuestra imaginación como una guerra o la erupción de un volcán. Vivir bajo la amenaza del contagio no entraba en nuestros planes. No nos queda más que intentar ser buenos ciudadanos, aunque nos suponga un esfuerzo. Lo decía el comisario de la Policía foral Carlos Yárnoz en el reportaje de ayer. “Poner de tu parte cuando cuesta es solidaridad. El resto, hipocresía”.

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