Un Apocalipsis por fascículos

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User Admin

Publicado el 03/10/2020 a las 13:44

Entre la plaga y los terremotos, con Madrid camino de convertirse “en una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”, con el presidente imperial hospitalizado por la pandemia (y con un número de contagios en su entorno que hace pensar que en la Casa Blanca son tan inconscientes como parecen) y, como recuerda un meme que circula por Internet, con el cielo desplomándose sobre nuestras cabezas, que era lo único que temían los galos de Astérix, parece que estamos inmersos en un Apocalipsis por fascículos. Con la diferencia de que el desenfreno y la expiación, que llenarán los bares y las iglesias cuando se acerque el Juicio Final, se están topando con las limitaciones de aforo que dictan las autoridades.


Como nuestros problemas no nos resultan suficientes, estamos abrumados por el peso del mundo. Hace un par de siglos la vida se terminaba, para una gran mayoría de la población, en lo que alcanzaba la vista. Un viaje más allá de la comarca era una aventura, y peligrosa, como la de los hobbit de Tolkien. Una despedida para un largo viaje podía ser definitiva. Y poco importaba lo que ocurriera al otro lado del mundo. La Revolución Francesa no existió para las mentes de lo 400 millones de chinos contemporáneos de la guillotina, decía un filósofo francés. Pero el ferrocarril, el telégrafo o el teléfono empequeñecieron el mundo.


Para 1892, un escritor húngaro llamado Max Nordau (lo cita Richard J. Evans en La lucha por el poder) reconocía que el campesino más sencillo tenía entonces un horizonte geográfico más amplio que un jefe de gobierno un siglo antes porque, si leía un peródico, “se interesaba simultáneamente en el resultado de una revolución en Chile, una guerra colonial en África Oriental, una masacre en el norte de China o una hambruna en Rusia”. El universo se había reducido, pero no se había colapsado en un solo punto que, como el Aleph de Borges, lo contuviera todo.


Hoy nos ocurre todo y nos ocurre simultáneamente. No solo no hay distancias entre las cosas, tampoco hay tiempo. Nos vibra el móvil con la última tragedia cercana o lejana, o con la última ocurrencia de un amigo o enemigo, y todo tiene el mismo valor. “Esa falta de distancia que es propia de lo digital elimina todas las modalidades de la cercanía y la lejanía. Todo queda igual de cerca e igual de lejos”, escribe Byung-Chul Han.


Además, estamos atenazados por la repetición infinita de lo peor, porque, por alguna razón, lo mejor solo alcanza ese nuevo parnaso que es la difusión cuando es blando o ñoño. Cualquier tontería que diga un político, cualquier error de un famoso, cualquier muestra de la estupidez humana, se repite una y otra vez en las televisiones o en Internet, no solo porque nos los ofrezcan, sino porque los consumimos.


Vivimos con esta extraña sensación de un fin del mundo a cámara lenta; no nos alcanzará la destrucción física, pero empezamos a darnos cuenta de que nada será como antes (aunque, pensándolo bien, nunca nada es como antes). Y el Apocalipsis nos llegará tan falto de épica que no lo anunciarán los ángeles con sus trompetas tras la apertura del séptimo sello, sino que lo último que oiremos será el chiflo de un afilador.

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