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Conceptos esparcidos
Conceptos esparcidos

La peligrosa cultura de la cancelación

Fernando Hernández
Fernando Hernández
Actualizada 14/06/2020 a las 06:00

¿Qué tienen en común Harry Potter y la piedra filosofal, Lo que el viento se llevó, El señor de los anillos y Torrente? En las últimas semanas los cuatro se han convertidos en objetivos de la cultura de la cancelación. Como el uso del término es nuevo, hay que explicarlo, aunque sea brevemente. Cuando alguien dice (o dijo en otro tiempo) algo inconveniente, en un tuit, una declaración periodística o en su obra, eso se extiende como una mancha de tinta sobre él y sobre el resto de su creación, que deben ser automáticamente cancelados. Sus libros o películas son rechazados y se recomienda que desaparezcan; hay que dejar de seguir al creador en Twitter o Facebook y desechar todo lo que salga de su boca o de su pluma.


J. K. Rowling ha sido cancelada por escribir, con moderación y de una forma argumentada, sobre los efectos que tiene sobre las mujeres que cualquier nacido varón pueda declararse mujer sin más que propia voluntad. Se ha ganado que le insulten llamándole transfóbica y TERF, las siglas inglesas de “feminista radical que excluye a los trans” y que algunos lectores renieguen de la saga. HBO ha retirado de su catálogo en Estados Unidos Lo que el viento se llevó, una película de 1939 sobre la Guerra de Secesión (que para los estadounidenses es su guerra civil), con la intención de anteponer algún tipo de contextualización. Es evidente que el filme, como la novela de 1936 en la que está basado, pinta un Sur idealizado, caballeroso y desprovisto de los horrores de la esclavitud, pero nada de eso cancela una obra de arte. Un tuit en el que una columnista del colombiano El Tiempo se quejaba de la falta de personajes femeninos y afroamericanos en las películas de El señor de los anillos desencadena un debate sobre el racismo de Tolkien, alguien que se negó a definirse como ario y lamentó no tener sangre judía en el momento en el que su editor se lo preguntó para publicar su trilogía en la Alemania nazi. Y cuando Filmin, la plataforma española de cine y series por internet, que cuenta con un cuidado catálogo, anuncia que va a incorporar las películas de la saga Torrente, un grupo de indignados clientes proclaman que se van a dar de baja de la suscripción porque no toleran que las películas de Santiago Segura estén junto a, no sé, El gabinete del doctor Caligari o Moscú no cree en las lágrimas.


Esta política de la cancelación tiene varias características, que en ocasiones se dan en solitario y otras veces de forma conjunta: todo lo que diga un autor podrá ser utilizado en contra de su obra, aunque esta no refleje esas opiniones erróneas, controvertidas o simplemente discutibles; las obras se analizan al margen del contexto en el que se crearon y no hay ningún interés en comprenderlas, porque se supone que comprender es justificar; y no basta con la decisión personal de no acercarse a ese libro o esa película por lo que es necesario extender el boicot y, en la medida de lo posible, que lo asuman empresas o instituciones públicas, descolgando los cuadros de los museos o escondiendo los libros.


Desde fuera, no termino de ver cómo contribuye al rechazo del racismo poner trabas a Lo que el viento se llevó o cómo mejora la difícil situación de las personas trans con unos insultos a J. K. Rowling. Pero sí veo un interés en simplificar el debate público, en confundir de forma culpable el pasado con el presente, y en suprimir la voz no ya del discrepante, sino del meramente diferente. Las redes sociales se han convertido en lugares llenos de niños que corren en círculos tapándose los oídos y gritando para que no les llegue nada que les moleste del mundo exterior.


Hay quien dice (por ejemplo, aunque en un contexto ligeramente distinto, Daniel Gamper en Las mejores palabras), que esto es una demostración de que se levantan voces que hasta ahora estaban silenciadas, y que es la reacción que adoptan grupos que hasta ahora no tenían acceso al espacio público. Aunque sea cierto, es preocupante que su primer instinto sea acallar al otro.


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