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Opinión
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Ramalazo frío en los inicios del verano meteorológico

Javier María Pejenaute
Javier María Pegenaute.
  • Javier M. Pegenaute
Actualizada 04/06/2020 a las 06:00

Cambio térmico brusco en los comienzos de junio, recién estrenado el verano meteorológico que comprende los meses completos de junio, julio y agosto. El astronómico comenzará con el solsticio de verano el sábado 20 de junio a las 23,44 horas de la noche.


Un paso para atrás. Después de los días de calor agobiante que hemos padecido originado por una lengua cálida africana, pasamos en Pamplona, en dos días, de los treinta a los dieciséis grados. Golpe pasajero de frío que sustituye a jornadas de calor extremo y anticipado, y que no nos sorprende mucho, habituados como estamos a los cambios desconcertantes de tiempo.


Inicios de junio a saltos. Hemos pasado, en un abrir y cerrar de ojos, del calor al frío, del bochorno sofocante y tormentoso al cierzo fresco; en fin, de la manga corta a la ropa de abrigo. Afirmamos que el tiempo está loco y no es para menos, puesto que los cambios bruscos aparecen continuamente.


El tiempo de primeros de junio es una caja de sorpresas en que se puede dar de todo. Unas veces tienen lugar los retrocesos fríos que dan la sensación de una vuelta al rigor invernal; otras, en cambio, resultan jornadas calurosas propias del estío. Nuestros mayores que nos han legado los dichos populares, aconsejaban no abandonar la ropa de abrigo, y por eso decían que “hasta el cuarenta de mayo, no te quites el sayo”.


Lo que tenemos ahora es un temporal del norte originado por una pronunciada vaguada en altura que da lugar a un descenso térmico brusco y a precipitaciones. Se trata de una especie de retroceso a tiempos fríos de abril y mayo, originado por la acción conjunta de dos centros de acción dominantes: un poderoso anticiclón de bloqueo atlántico y la profundización de una potente borrasca, que se descuelga desde Groenlandia hasta el mar Mediterráneo. Por una especie de pasillo que han creado el anticiclón y la borrasca, las masas de aire polares entran en Navarra, y dan chubascos y tormentas con granizo.


Con esta situación el descenso térmico es importante y nuestro cuerpo lo nota todavía más porque venimos de días bastante cálidos. Nos esperan jornadas de temperaturas suaves, bajas para primeros de junio, entre los veintidos y dieciséis grados en la capital. Y presencia del cierzo, que sopla con más fuerza en el valle del Ebro, y hace descender la sensación térmica a valores muy bajos.


A paso de los sistemas frontales, jornadas oscuras y grises. No es rara la presencia de tormentas con aparato eléctrico. Después de la borrasca, la claridad retorna. Estas lluvias son más intensas en los valles cantábricos y pirenaicos situados junto a los macizos de Cinco Villas y Quinto Real. Su efectividad disminuye de norte al sur por el efecto pantalla que originan sucesivamente las montañas navarras.


Estos cambios, lejos de ser una excepción, forman parte del tiempo de esta época del año. Las efemérides por estas fechas nos muestran una enorme variedad de tiempos contrastados. Expresiones tales como que el calor aprieta igual que si estuviéramos en pleno verano y que cuatro días después parezca que haya llegado el invierno, eran y siguen siendo frecuentes. Las crónicas históricas de los inicios de junio no sólo hablan de calores, tormentas y muertos por rayos, sino de toda la letanía: inundaciones, granizo, sequías y rogativas. No eran desconocidas tampoco las heladas ni el tiempo frío que tenía como fondo el manto nevado de las montañas.


A primeros de junio de 1881 los navarros soportaban un tiempo frío invernal, metido en aguas, sin traza de mejorar, y como telón de fondo, se distinguía desde Pamplona el manto nevado de las montañas. La gente salía muy abrigada a la calle por temor a los refriados.


En 1903 el tiempo era frío invernal, lluvioso y desagradable; los abrigos, capas y gabanes volvieron a ser desempolvados y retirados los sombreros de paja que se lucían en días anteriores. Nevó en Burguete. En Sangüesa temían por la cosecha de cereales dañada por las últimas nevadas. Y en Fitero no daban crédito al tiempo frío que padecían, más propio de enero que de verano.


Cuatro años después cayó una copiosa nevada en las montañas cercanas al valle de Bertizarana, en donde, a una altitud aproximada de mil metros, tenían un espesor de media vara de nieve. Se culpaba de los frecuentes resfriados a los cambios bruscos del calor al frío que estaban padeciendo.


Y en los inicios de junio de 1936 un golpe de frío desplomó las temperaturas en Pamplona, dando lugar a unas jornadas parecidas al crudo invierno. Nevó no sólo en las montañas, sino que en algún momento lo hizo en la capital en forma de una borrasquilla de agua y nieve. El frío era tan intenso que hubo necesidad de volver a encender la calefacción en las casas. La gente salía a la calle bien abrigada, lo mismo según las crónicas, que si fuera el mes de enero.


Javier M. Pejenaute Goñi es Doctor en Geografía e Historia, especialidad climatología.


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