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Opinión
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La salida era esto

La esperada luz al final del largo túnel del confinamiento
alumbra muy poco: no salimos más fuertes ni más unidos

Foto de José Miguel Iriberri
José Miguel Iriberri
DN
  • José Miguel Iriberri
Actualizada 04/06/2020 a las 06:00

Cuando irrumpió esta pesadilla que no era una pesadilla sino una tragedia; cuando el número alarmante de muertos nos confinó en estado de alarma; por aquellos días, en fin, del temido túnel y la ansiada salida, ya llovía como agua de mayo (en marzo), la retórica del optimismo. Más pronto que tarde veríamos la luz al final del túnel. Y a la salida nos encontraríamos más unidos, más solidarios, más fuertes, tras las prórrogas, sus fases y el calor ambiental de los aplausos. La salida iba a marcar el “después” que borraría los defectos del “antes”. Y mira tú. Lo que realmente ha marcado la salida del estado de alarma es la entrada alarmante en un runrún de golpe de estado.


La salida era esto. Un vicepresidente del Gobierno que descubre querencias golpistas en la oposición. Y una ministra, compañera y compañera del vicepresidente (en La Moncloa y en Galapagar), que engorda el fantasma del golpe: toda la derecha está infectada de golpismo. ¿Pero en qué país viven? Un golpe de estado, dicen; un golpe seguramente al estilo de los que el golpista Maduro desmantela cada semana en Venezuela. Afortunadamente, el presidente Sánchez no tardó en proclamar, por enésima vez, que el Gobierno nunca fomentará la crispación. Con el vice, misión cumplida. ¿Esta era la luz soñada al final del túnel? ¿O seguimos dentro? Es lo de aquel que apenas cruzar los Pirineos se dio cuenta de que los pinos eran del mismo color.


Salida de golpe y a trompicones. La ansiada unión de los partidos, que nos haría más fuertes, ha sido sometida a un concienzudo proceso de voladura controlada. Va al ritmo de la desescalada, aunque al revés: escalando posiciones. La unión tenía que seguir el ejemplo cívico de balcones y ventanas, pero se ha precipitado al vacío desde el último piso de los políticos. Va por el segundo, a punto de estrellarse en la acera. El curso parlamentario marcha a trompicones, sacudido por la agresividad verbal. Decepcionante. El hemiciclo convertido en un cuadrilátero. No es precisamente una sorpresa -ni en el Congreso ni en el Parlamento Foral- porque la crispación viene de atrás y la costumbre hace de vacuna. La diferencia, a peor, es que ahora el país sufre una pandemia trágica y una crisis social y económica de echarse a temblar. Sus señorías andan volando bajo cuando prometían estar a la altura de las circunstancias, esa imagen vaciada ya de contenido. Para unos nuevos Pactos de la Moncloa se necesitaría el espíritu de entonces, que era el de la Transición, y políticos como aquéllos, reunidos finalmente en Gredos


Hoy, unos y otros deben de pensar que un puente se define por lo que separa, no por lo que une. Entre todos, claro, la mayor responsabilidad recae en el Gobierno, encargado institucional de tirar del carro. Y de nuevo la decepción. Porque el encuentro de poder y oposición es una utopía con un presidente ahogado a trompicones dentro de su Gobierno por la desunión ministerial, y que se degrada a sí mismo, y degrada la política, firmando pactos con Bildu.


Es dura su situación. Pero ganó las elecciones. Y tiene un gobierno, que no es poco. Y amanece en La Moncloa, que tampoco. Y cuenta con el apoyo, aunque a crédito, de los elegidos por él para la investidura. La misma situación del Gobierno de Navarra, con la salvedad de que Sánchez ganó las elecciones y Chivite no.


La salida del túnel era esto: de golpe y a trompicones. Paciencia. Y a recuperarse, que luego viene lo de la nueva normalidad.


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