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Opinión
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¿Es malo pagar impuestos?

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José María Marco Ojer
  • José M. Marco
Actualizada 29/05/2020 a las 06:00

No hacen falta muchos argumentos -sobre todo en estas fechas de declaración de la renta- para que nos manifestemos reticentes al pago de impuestos. Más complicado es explicar -y entender- que pagar impuestos no es necesariamente malo. La idea de su intrínseca maldad proviene del pensamiento neoliberal. Para el neoliberalismo, tanto desde un punto de vista ético como económico, hay que rechazar el pago de impuestos ya que supone una coacción a la libertad, quitar una parte de la propiedad individual legítimamente ganada y en la medida en que el Estado interviene, entorpecer el desarrollo de la economía.

Esta idea más propia del mundo anglosajón, dominante en Estados Unidos y norma en la economía mundial, se ha ido introduciendo poco a poco en Europa aunque en la Europa continental mantenemos todavía un pensamiento más social. De hecho, el artículo 1 del título preliminar de nuestra Constitución dice que “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho”.

Ser Estado social significa que concebimos nuestra sociedad como una comunidad, como un grupo de individuos que se implican mutuamente, que establecen una vinculación en sus vidas y que en esta vinculación se comprometen a que cada uno de ellos tenga tanto los recursos mínimos para subsistir como igualdad de oportunidades y por tanto, no se vea limitado por su posición económica o social. Aquí, el Estado presta servicios para que sanidad, educación, vivienda, jubilación… Siempre sean cubiertos independientemente de la renta de la que se dispone. En consecuencia, este Estado necesita recursos que obtiene de los diversos impuestos, recursos que no necesita esa sociedad liberal que no presta servicios.

¿Cualquier tipo de impuesto es entonces bueno? Para hacer esta consideración tendremos que tener en cuenta diversas cuestiones: las cantidades que se pagan, quién las paga, qué productos se gravan, a qué se dedican los ingresos obtenidos o si se producen abusos.

En cuanto a la cantidad con la que nos gravan los impuestos, si es mínima el Estado sólo podrá prestar servicios mínimos y no podría ser un Estado social. Si es demasiado alta, podría ser un obstáculo para la economía.

El argumento de que los impuestos obstaculizan el crecimiento económico es frecuentemente utilizado ante cualquier subida de impuestos, olvidando consciente o inconscientemente que el nivel de impuestos no es el único factor que hace a una economía competitiva: el nivel de formación de los posibles trabajadores, las infraestructuras o el tejido industrial para proveer a grandes industrias son también factores fundamentales.

¿Quién paga los impuestos? Es fácil darnos cifras medias sobre la carga fiscal sin distinguir a qué rentas grava. Aunque el valor del dinero parezca objetivo, no los es. 1.000 euros para una familia que ingresa 140.000 no tienen el mismo valor que esos mismos 1.000 euros para una familia que ingresa 12.600. Para los primeros suponen algún pequeño lujo, para los segundos quizá pobreza energética o no poder ir a la universidad. Por eso, para valorar si una carga fiscal puede ser adecuada o no, hay que considerar cuánto supone la cantidad de impuestos en relación a los ingresos, y por eso parece más justo gravar más a los que más tienen.

¿Qué productos se gravan? En una ocasión un gobierno presumió de haber bajado impuestos a lo que algún medio respondió informando de que habían bajado los impuestos del marisco. No es lo mismo gravar alimentos básicos, energía o libros que artículos de lujo.

¿A qué se dedican los ingresos obtenidos? La consideración de los impuestos no es la misma en un contexto de corrupción o de ayudas multimillonarias a los que más tienen, o en otro en el que se reducen las listas de espera o se mejoran las becas de estudio.

¿Reciben ayudas quienes no las necesitan? El robo de los servicios públicos es una de las críticas que se hace a este sistema. Una deber fundamental para el Estado es el control de los recursos que se dan y el castigo ejemplar para los estafadores. Aunque para algunos, cualquier pago de impuestos es por definición malo, no lo es. Los impuestos responden tanto a la exigencia ética y constitucional de responder a una igualdad básica que garantice la igualdad de oportunidades entre los individuos, como a la necesidad de corregir un problema que la economía liberal lleva implícita: la desigualdad, la acumulación de cada vez más en cada vez menos manos.

Ni el aumento de la riqueza supone que ese aumento beneficie a todos, ni el rechazo al aumento de impuestos está justificado siempre por el perjuicio que pueda causar. Pensar que cuanto mejor va la macroeconomía mejor nos va a todos o pensar que cualquier aumento de impuestos es perjudicial, es a veces la excusa de los que acumulan más en menos manos.

José M. Marco Ojer Profesor de Filosofía


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