El nombre de la cosa
Si algo no se puede decir del covid-19 es que nos cogiera desprevenidos: en 2004 había organismos trabajando en estrategias de contención de pandemias

Actualizado el 08/05/2020 a las 06:00
La Organización Mundial de la Salud estableció, en mayo de 2015, una guía de buenas prácticas para dar nombre a las enfermedades infecciosas. Uno de sus objetivos era “evitar las ofensas a cualesquiera colectivos culturales, sociales, nacionales, regionales, profesionales o étnicos”. Atendiendo a esas pautas, el 11 de febrero de 2020, la OMS rebautizó la “neumonía de Wuhan”, pasando a denominarla covid-19. Este es el nombre con el que la conocemos y con el que pasará a la historia.
Formalmente la decisión parece irreprochable. Se evita la estigmatización de Wuhan, y de la República Popular de China, maestra en disimular para no tener la culpa de nada.
El virus causante de la enfermedad covid-19 tiene un nombre muy descriptivo: SARS-CoV2 (siglas de Severe Acute Respiratory Syndrome CoronaVirus 2), sucesor del causante de la epidemia de SARS de 2003 (virus SARS-CoV), con el que está estrechamente relacionado. Como vemos, ese dos se escamotea en el nombre de la nueva enfermedad.
Escamotear ese número dos, esa relación, tiene su importancia. Si alguien ve ese dos es lógico que se pregunte cómo fue el uno. Lo que ocurrió en el primer SARS por coronavirus, en 2003, fue cualitativamente muy parecido a lo que estamos viviendo. Tanto como para esconder las similitudes en la medida de lo posible.
La primera, y principal, el comportamiento de las autoridades chinas en las primeras fases de ambas epidemias. Hoy existe una casi completa certeza de que China nos ha mentido escandalosamente, declarando 4.600 muertos por covid-19 cuando solo en Hubei podrían ser 46.000, y más de 100.000 en toda China. Esto, en las primeras fases de una enfermedad de corte epidémico, resulta fatal porque introduce un sesgo a la baja en las estimaciones y precauciones del resto de países.
Tardaremos en saber qué ocurrió realmente en Wuhan a finales de 2019, si es que llegamos a saberlo. Lo ocurrido en 2003, sin embargo, está ya bien documentado. Aunque los primeros casos de SARS se remontaban a noviembre de 2002, la República Popular de China no solicitó ayuda de la OMS hasta el 10 de marzo de 2003. Cinco días después la OMS bautizó el nuevo síndrome y emitió una alerta global ante la evidencia de su propagación por rutas aéreas. Que la ocultación se haya repetido deja en muy mal lugar a China, y la indulgencia de la OMS justifica los crecientes recelos de Occidente respecto a una y otra. China ha mentido. Sus mentiras nos han costado un tiempo precioso, vidas insustituibles y un descalabro económico del que China espera sacar una tajada salvaje. Pero China no es la única responsable.
Una vez controlada la epidemia de SARS se trabajó para extraer conclusiones y generar conocimiento útil para futuros brotes. Un hipotético SARS-COV2 estaba en la agenda hace dieciséis años. Si algo no se puede decir del covid-19 es que nos cogiera desprevenidos. En 2004 había organismos trabajando para implementar estrategias de contención de pandemias, y se trabajaba con la convicción de que un nuevo brote era cuestión de tiempo. Al repasar la documentación se pueden encontrar citas escalofriantes. Porque escalofría que en 2004 se advirtiera que “los retrasos iniciales no solo en la detección del nuevo virus, sino también en alertar a los funcionarios de salud aumentaron significativamente la propagación y su impacto en los países afectados”.
Porque escalofría que en 2004 se avisara de que “las estrategias de cuarentena o aislamiento pueden resultar valiosas en infecciones emergentes”, y que “los modelos basados en epidemias anteriores se pueden utilizar para predecir las demandas de capacidad hospitalaria durante una epidemia hipotética”; que se hablaba de “suspensión o cancelación de actividades públicas (como eventos, transporte o acceso a edificios), vigilancia de contactos, monitoreo de personas asintomáticas” y de que “la cuarentena escalable reduce la productividad y pueden dar lugar a percepciones que estigmatizan a grupos de individuos y promueven un comportamiento irracional”.
Todo estaba ahí. Valiosas lecciones que dejó el SARS, contenidas en documentos como “Learning from SARS: Preparing for the Next Disease Outbreak: Workshop Summary”, -del que proceden las citas-, que podrían haber servido para afrontar el covid-19 con menos daños. La gran pregunta, que deberemos responder cuando esto pase, es si lo sufrido servirá para combatir decentemente el SARS-COV3 (o como quiera que lo bautice la OMS).
Porque -esto es lo que esconde el nombre de la cosa- no hay dos sin uno, pero tampoco hay dos sin tres. Cuestión de tiempo.
Alfredo Arizmendi Ubanell Licenciado en Medicina. Master en Comunicación Científica