Activar Notificaciones

×

Su navegador tiene las notificaciones bloqueadas. Para obtener mas informacion sobre como desbloquear las notificaciones pulse sobre el enlace de mas abajo.

Como desbloquear las notificaciones.

Opinión
OPINIÓN

Cara y cruz del covid-19

En los últimos años la vertiente individual ha ido adquiriendo cada vez más peso en la sociedad e iba minando los valores colectivos y el espíritu cívico

Javier Blázquez.
Javier Blázquez.
  • F. Javier Blázquez
Actualizada 07/05/2020 a las 06:00

"Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía, sin embargo, sabe que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se desmorone”, afirmaba Albert Camus tras recibir el Premio Nobel de Literatura en 1957.

Desde entonces, han pasado más de seis décadas y de nuevo nos encontramos en medio de una crisis que va a requerir esfuerzos ingentes más allá del terreno científico-médico; serán también de gran calado en el plano político y económico. Ante ese reto descomunal, los ciudadanos no podremos mantenernos al margen como si fuéramos espectadores pasivos. De hecho, los periodos de crisis son momentos cruciales que nos ponen a prueba y permiten conocer el carácter y personalidad que albergamos en nuestro interior.

A este respecto, L. Köhlberg, profesor de la Universidad de Harvard y autor de Las etapas del desarrollo moral, diferenciaba seis niveles de crecimiento. En el primer estadio incluía al niño cuyo comportamiento se rige por premios y castigos. A partir de los cinco o seis años, hasta alcanzar los ocho aproximadamente, evita hacer trampas en los juegos, pero lo hace para no tener que padecerlas también. Más tarde, en el tercer nivel comienza a pensar en el bien compartido. Sin embargo, no actúa por convicción. Se comporta de ese modo porque percibe que esa imagen solidaria es valorada socialmente de forma positiva. Después, en las etapas superiores, sigue desarrollando actitudes orientadas cada vez más hacia el bien común, y se va alejando de las posiciones iniciales egoístas. A partir de ese momento tiende a obrar de forma más desinteresada y su conducta se va tornando altruista y solidaria.

En la actualidad, es evidente que con la pandemia del covid-19 estamos comprobando cómo decenas de millares de personas salen de sus casas para trabajar y se exponen al contagio, ya sea recogiendo hortalizas en el campo, repartiendo productos en las tiendas o integrando las fuerzas de seguridad. Mientras tanto algunos ciudadanos -si bien en número reducido, conviene precisar- no son capaces de permanecer confinados y deciden saltarse las normas sin importarles las consecuencias que puedan provocar. A su vez, otros individuos, más procaces todavía, escriben carteles en el portal de un edificio para intimidar a una cajera de supermercado, o pintan el coche de una doctora con insultos antes de que salga del garaje para atender a pacientes en la consulta.

Una mínima reflexión sobre esas actitudes, mezquinas, nos permite recordar las palabras de Antonio Machado cuando advertía, “es propio de hombres de cabeza mediana embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza”. Sobre todo, en una época como la presente, que parece oscilar entre el cinismo y el desengaño generalizado. Una época impregnada de tonos grises en la cual la confianza cotiza a la baja, y su déficit tiende a mitigarse entre el escepticismo y las propuestas radicales.

Es fácil constatar como en los últimos años la vertiente individual ha ido adquiriendo cada vez más peso en la sociedad. Mientras ganaba terreno, iba minando los valores colectivos y secuestrando el espíritu cívico. No ha de extrañar que ahora, en medio de situaciones críticas como la que padecemos, tanto la inseguridad como el miedo consigan que algunas personas queden atrapadas en sus redes y se vuelvan agresivas, incluso reaccionarias. A continuación, pasan a integrar las filas de un victimismo pueril, carente de justificación alguna.

Tal vez no son conscientes de que un corazón solitario y aislado no es propiamente un corazón. Tan solo se convierte en un músculo rodeado de vasos sanguíneos que a veces se obstruyen y precisan reparación. A ellos se refería probablemente F. Nietzsche cuando advertía que no todos los seres humanos son capaces de comportarse como personas. Algunos se quedan varados en los primeros estadios de desarrollo. No superan la condición biológica y tan solo actúan como “protoplasma humano”.

Y es que, en lugar de permanecer en una actitud inmadura, manifiestamente egoísta, buscando chivos expiatorios, deberían seguir de cerca el ejemplo de miles de médicos, farmacéuticos, enfermeras, fisioterapeutas, auxiliares y trabajadores sociales, por ejemplo. Personas comprometidas que arriesgan sus vidas para preservar la salud y bienestar de todos los ciudadanos -incluidos los victimistas- mientras se exponen tanto a sí mismos como a sus familiares más próximos.

Por todo ello, si quienes adoptan esa actitud, tan ruin como insolidaria, no hacen lo posible para alcanzar la mayoría de edad, quizás tengan que evocar algún día las elocuentes palabras pronunciadas por el pastor luterano, M. Niemöller: “Cuando los nazis llegaron a mi edificio y prendieron a los judíos, yo como no era judío, no hice nada. Después se llevaron a los Testigos de Jehová, y como yo no era uno de ellos, tampoco hice nada. Otro día vinieron a por los católicos. Tampoco me di por aludido en esa situación. Y ahora vienen a por mí, pero estoy solo....

F. Javier Blázquez Ruiz. Catedrático de Filosofía del Derecho de la UPNA


Comentarios
Te recomendamos que antes de comentar, leas las normas de participación de Diario de Navarra

volver arriba
Continuar

Hemos detectado que tienes en Diario de Navarra.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, por favor o suscríbete para disfrutar SIN PUBLICIDAD de la mejor información, además de todas las ventajas exclusivas por ser suscriptor.

SUSCRÍBETE