Las buenas intenciones
Los optimistas sobrevenidos con la epidemia animan la espera asegurando que todos seremos mejores al salir de la encerrona

Actualizado el 09/04/2020 a las 06:00
A los optimistas de nacimiento, se suman estos días los optimistas sobrevenidos, que marchan con aire marcial contra el coronavirus. Creativos, laboriosos, incansables, sobre todo incansables, los sobrevenidos están al quite para que no cunda el desánimo más de lo soportable. Aparecieron por marzo, cuando más falta hacían, y desde entonces anuncian la llegada de la felicidad para el día prometido. ¿Qué día? Aún no tiene casilla en el calendario, pero poco importa. Ese día vendrá y estaremos ahí, en pie, asomados a la ventana de las 20.00 horas, aplaudiendo a mares, a gritos, a distancia. “De esta crisis saldremos más fuertes”, “el virus marcará un antes y un después”, “nada será igual”, canta el optimismo militante, dando por supuesto que todo será mejor y lo de antes fue una aberración del oprobioso pasado.
Gente maja, los profetas del bien. Nos regalan los oídos con apuestas decididas por el fortalecimiento de la solidaridad, las lecciones aprendidas (y aprobadas) y el descubrimiento -¿hay quién dé más?- de que fuimos felices sin saberlo, pero vamos a disponer de una segunda oportunidad. O tercera, quinta, décima. Las que hagan falta. El optimismo es generoso o no es.
El propio presidente del Gobierno, muy en su papel -en ocasiones papelón- coge la ola del optimismo cada vez que comparece. Faltaría más. No va a recitarnos las leyes del innombrable, ya saben, lo de las cosas que cuando van mal generalmente empeoran y aquello de que la otra cola siempre va más rápida, epitafios ideales para la necrópolis del pesimismo más cenizo. Nada de eso. Ya cuando las cosas iban mal, quiero decir peor que ahora, los confinados queríamos oír que sí, que saldremos adelante. Y más fuertes, más unidos, más voluntariosos. Más etcétera.
¿Por qué no? Salir de la epidemia equivale a la salida de una enfermedad. La enfermedad del coronavirus, los infectados; la enfermedad del miedo, todos los demás. Borrón y cuenta nueva. Contra la enfermedad: médicos, medicinas y buenas intenciones. En la sala de espera de una biopsia, el paciente teje los mejores propósitos para cuando le digan lo que desea oír; después de haber estado entre la vida y la muerte, la víctima del accidente jura que nunca repetirá el error. Los sufridores de la pandemia, encerrados en la uci de casa, no sabemos exactamente qué hemos hecho mal, dónde está nuestro error. Pero, enfermos al fin, queremos creer que, efectivamente, seremos mejores con el alta médica en el bolsillo y el puesto de trabajo al día siguiente, que esa es otra.
Sin embargo, a menudo sucede que disfrutamos de la salud la hora siguiente a recobrarla; que la explosión vital por la analítica perfecta se apaga con los días. La vida, que iba a cambiar, se queda donde estaba. La lección aprendida, en el olvido. La determinación, en algún perdido lugar. Y entonces recordamos la sentencia ferlosiana: “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos; vendrán más años ciegos y nos harán más malos”.
Uno no pretende desacreditar a los mensajeros del optimismo, ni dudar de sus buenas intenciones. Que acierten y acertaremos todos. Es solo un toque de prudencia, no vaya a ser luego más dura la caída, el porrazo de frustración por incumplimiento de expectativas. Y entonces, en lugar de resistir “erguidos frente a todo” sucumbiremos bajo la “tristeza leve de la melancolía”. Pues a pesar de todo, venga: de esta crisis vamos a salir más fuertes, más unidos, más aprendidos. En fin; lo último que se pierde no es la esperanza, es el escepticismo.
