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Opinión
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Luto y respeto por los fallecidos

Alberto Catalán.
Alberto Catalán.
  • Alberto Catalán
Actualizada 05/04/2020 a las 06:00

No deja de sorprendernos que en pleno siglo XXI, en una sociedad avanzada y desarrollada como en la que vivimos, con unos avances tecnológicos notables, estemos padeciendo una situación tan dramática. Nos dijeron que la infección por el coronavirus iba a ser como una gripe, en la que mueren muchas más personas todos los años y que ante ella no nos ponemos tan nerviosos. Pues bien, la situación ha sido muy diferente. Miles de muertos e infectados.


Habíamos oído hablar de la lepra, la peste bubónica, el cólera, el tifus, la tuberculosis o la fiebre española de 1918. Para nosotros eran situaciones de otros tiempos que no se iban a repetir. La realidad ha sido otra. La pandemia del coronavirus, desgraciadamente, también pasará a la historia de la humanidad.


En esta situación se ha abierto un debate soterrado sobre el triaje de enfermos, como si la selección de enfermos para su tratamiento fuese cuestión de gustos. Pero estamos hablando, nada más y nada menos, de un principio fundamental y, para muchos, sagrado, como es el respeto a la vida.


Desde el reconocimiento a todos los colectivos y sectores que realizan un trabajo fundamental en la asistencia sanitaria de los enfermos y en cubrir las necesidades del resto de ciudadanos, creo que es de justicia, de manera especial, desde el punto de vista humano, hacer una mención especial a las personas que, por una u otra causa, están falleciendo estos días y sus familias, y trasladarles nuestro respeto y condolencias.


Las familias están despidiendo a sus seres queridos de una manera que, aunque obligadas por las circunstancias sanitarias, no dejan de ser dolorosas.


En el caso de las personas afectadas por coronavirus se están dando unas circunstancias que rompen y desgarran el corazón de cualquier ser humano. Son ingresadas o confinadas en casa con una incertidumbre y unos temores que es lógico que generen miedo y angustia.


La impotencia hacia lo desconocido se está representando de forma dramática. Es desolador comprobar la necesidad de ampliar las morgues para recoger cadáveres dada la incapacidad de los tanatorios para acoger todos los féretros o la necesidad de acondicionar recintos como pabellones de ferias o deportivos, incluso hoteles, para instalar camas donde atender a más enfermos dada la saturación de los centros hospitalarios. Lugares que, cuando fueron diseñados y construidos, en ningún momento fueron concebidos para dicha función.


La infección se ha cebado de manera dramática en las propias residencias de ancianos donde, en la mayoría de los casos, les ha afectado sin la mentalidad ni medios precisos. No se percibió el desamparo en el que se encontraban hasta que se fueron publicando las cifras de fallecimientos y contagios. Fue entonces cuando se comprobó la realidad de su indefensión ante la infección.


Los mayores han sido las personas que más están sufriendo la pandemia. Hombres y mujeres que han formado parte de unas generaciones que no lo tuvieron fácil a lo largo de su vida. Personas que sufrieron una posguerra. Generaciones que tuvieron que salir de sus pueblos para labrarse un futuro mejor, que sacaron adelante sus familias con gran esfuerzo y sacrificio, y que contribuyeron al restablecimiento de la democracia y, de forma notable, a conseguir el progreso de este país.


En estas semanas están falleciendo, en muchos casos, solos y tristes, sin tener cerca a sus seres queridos. Sin que sus hijos y nietos puedan cogerles la mano, hacerles caricias o, simplemente, ofrecerles una mirada de cariño. Se van sin haber tenido como última visión o palabra la de sus familiares. Y es algo que genera zozobra, no solo en el enfermo sino también en sus familias.


Resulta desgarrador escuchar a un hijo manifestar que, después de años visitando, día a día, a su madre en una residencia, después de unos días sin poder hacerlo por el confinamiento establecido, suene una mañana el teléfono y le comuniquen que su madre ha fallecido. Dolor que se incrementa cuando no puedes velar el cuerpo, sin funeral y con un enterramiento rápido y restringido. El único consuelo, para los creyentes, es el responso de un sacerdote.


En España, como en otros países, con nuestras creencias religiosas y culturales, estamos acostumbrados a recordar en familia y acompañados de nuestros seres queridos a nuestros muertos, de sentir cercanas a las personas con las que nos hemos relacionado, amigos y vecinos. El dolor se apacigua sintiendo el cariño y respeto personal. Pudiendo despedir a nuestros seres queridos en silencio, pero acompañados.


Estos días, cuando redoblen las campanas, cuando las lagrimas recorran muchas mejillas, cuando el móvil sea el único medio de recibir las condolencias, cuando en el silencio de muchas casas se añore al ser querido y las circunstancias en las que se ha ido, deberemos tener en cuenta lo que ellos sufrieron y lucharon por nosotros. Esperemos que su ejemplo nos sirva para rendirles un sentido homenaje e intentar aprender de los difíciles momentos que estamos viviendo. Hoy, España está de luto por ellos.


Alberto Catalán Higueras. Senador de UPN


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