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OPINIÓN

Paciencia y barajar

Artículo de opinión de Luis Arbea Aranguren

Avatar del undefined Luis Arbea01/04/2020
"Ay, es el primer verso que conocemos!”, así nos presentaba León Felipe su amarga visión de la realidad humana: sufrimos desde que nacemos, aunque ninguno de nosotros estamos por la labor: la ausencia de dolor nos lo pide el cuerpo y la del sufrimiento, el alma. Y, sin embargo, estamos instalados en la época del llanto. Esta es nuestra realidad: irracional, inhumana y hasta cierto punto, cruel, de tal manera que podríamos decir, esta es la gran paradoja, que la deshumanización del dolor y del sufrimiento es, curiosamente, demasiado humana.

Y, ¿qué le vamos a hacer si es ley de vida y parece ser nuestro destino? Es nuestra condición de vida: sufro, luego existo. Pero, de la misma manera que estamos condenados a sufrir, estamos condenados a vivir. Tal vez por eso, desde siempre, todas las culturas, religiones y filosofías se han interesado por el tema y han tratado de darle la vuelta y encontrarle algún tipo de sentido que nos devuelva la esperanza, convencidas de que las experiencias traumáticas no solo son fuente de sufrimiento, de angustias y tristezas, en última instancia, de miedo a vivir, sino que también, necesariamente, deben de tener una virtualidad positiva. De lo contrario, nuestra vida sería imposible: demasiado irracional, demasiado trágica.

Hasta aquí la teoría, preciosa, impoluta; pero, en la práctica, ¿nos sirve para algo, nos añade algo positivo en unas condiciones tan dramáticas como las que estamos viviendo? ¿Esta crisis nos puede ayudar a recuperar el ánimo y las ganas de vivir que ella misma nos ha arrebatado, o no nos queda otra que, como el venerable Job, resignarnos y esperar pacientemente, indefensos e infestados de miedo, a que se extinga esta implacable plaga que lo arrasa todo? Pues, a pesar de todo, estoy convencido de que existen motivos de alegría y de esperanza. Y para muestra, dos botones muy gráficos y reales. Por un lado, ¿no es ilusionante esa entrega incondicional del personal sanitario que, más allá del juramento hipocrático o del compromiso ético de sus respectivas profesiones, se expone al contagio sin mayor (ni menor) recompensa que el deber cumplido? Para quitarse el sombrero. ¿Y qué podemos decir de esos balcones repletos de arcoíris, incansables en sus aplausos y agradecimiento público a todos los trabajadores que atienden nuestras primeras necesidades, inundados de música que intenta alegrar la monotonía del confinamiento y llegar a esas almas que padecen de soledad? Y así podríamos hablar de un montón de admirables lecciones de empatía que reflejan cómo nuestro propio dolor nos puede hacer más sensibles al sufrimiento de los demás, nos desarrolla la capacidad de ayuda y nos posibilita ser más solidariamente humanos. “Estando tú mismo lleno de llagas, eres médico de otros”, nos recordaba Eurípides. No es poca cosa.

Pero, además, por otro lado, veo un segundo aspecto positivo en esta siniestra situación: la cura de realidad que, de alguna manera, todos estamos sufriendo, tampoco tiene desperdicio y es digna de valorar. Efectivamente, el coronavirus nos ha golpeado fuerte y, como al de Tarso, nos ha tirado del caballo, o para decirlo más coloquialmente, nos ha bajado del burro. Y hemos acusado el golpe: nos hemos quedado atónitos, perplejos, desorientados y perdidos. Nos creíamos los reyes del mambo, intocables, arropados y protegidos, y el despiadado bicho nos ha descubierto desnudos. Nos creíamos todopoderosos y el coronavirus ha denunciado nuestra pequeñez y nuestra menesterosidad. Pero una fuerza misteriosa nos empuja a resistir, levantarnos y afianzarnos para orientarnos y retomar el camino (o coger otro), y, vestidos como Dios manda, cubrir nuestras miserias. ¿Acaso una cura de humildad de este tipo no nos puede ayudar a tocar tierra, a conocernos mejor, hacernos más resilientes y mejorar nuestro proyecto existencial? Otra opción de esperanza.

En definitiva, que, ¡ojalá!, estas reflexiones nos ayudaran a controlar el miedo para que el pánico no nos robe la identidad. Pero, por encima de todo, que esta pesadilla acabe cuanto antes y descubran pronto la vacuna. Mientras tanto, como dijera don Quijote en boca de Durandarte en la cueva de Montesinos: “paciencia y barajar”.

Luis Arbea Aranguren. Psicólogo y filósofo.
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