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Opinión
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Intentamos aprender de los errores

Lo mismo que pasa con los problemas del medio ambiente, la irrupción del coronavirus nos está colocando frente a un desafío de mil perspectivas

Jesús Mª Osés Gorraiz

Jesús Mª Osés Gorraiz

DN
26/03/2020 a las 06:00
  • Jesús María Osés Gorraiz
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En 2012 U. Beck nos advirtió de que Europa se había hecho alemana. Y se preguntaba sobre las causas que habían conducido a tal hecho. Era el tiempo de pleno auge de la crisis de 2008 y los ordoliberales alemanes imponían a sus compañeros de la UE la austeridad luterana como única forma de salir de la crisis financiera, “pero sobre todo, decía, es una crisis de la sociedad y de la política porque la economía se había olvidado de la sociedad”. El ministro Stoiber, con aliados del norte europeo, dictaba las normas que tanto daño hicieron a muchos europeos del sur mediterráneo. Y ciudadanos de Grecia, España, Italia… pagaron un alto precio. Una de las consecuencias no deseadas de esta política fue el nacimiento y la paulatina consolidación de los populismos en varios países europeos.

Se salvó a los bancos con elevadas sumas de dinero (y casi nunca este se devolvió) que pagó la ciudadanía y se desatendió los ámbitos de lo social, lo político y lo moral y psicológico de las mismas. En suma, escribió Beck: “En Europa se ha puesto en marcha una redistribución de la riqueza de abajo arriba. Y, al final, sólo hay perdedores (porque) no nos damos cuenta de que todos, conjuntamente, somos víctimas de la crisis financiera y de las ineficaces iniciativas para superarlas”.

Si algo aprendimos de aquella crisis es que los ciudadanos tenían miedo a perder su trabajo; inseguridad porque no entendían lo que estaban viviendo, e indignación por el abandono de los gobernantes europeos y nacionales a sus reales necesidades. Salimos de aquella situación con muchas heridas mal curadas o sin cerrar y con algunos tabúes que no se correspondían con los hechos reales. Algunos llenaron mucho más sus arcas; bastantes pasaron sin grandes apuros y sin alegría ese período; y una amplia mayoría sufrió estrecheces económicas, paro continuado, inaccesibilidad a un trabajo, desequilibrios psicológicos y ansiedad permanente. No podíamos entender que los que generaron la crisis, o sea los bancos y entidades ligadas a ellos que recriminaban a los Gobiernos cualquier intervención en la economía (¿recuerdan “la mano invisible” del mercado?), pedían a gritos a esos mismos Gobiernos que lo hicieran inundándoles con grandes inyecciones de dinero (público, por supuesto) para salvarlos de la crisis. Y Beck escribió: “La perspectiva económica es y nos hace social y políticamente ciegos”.

Ahora, sabiendo tanto como sabemos ¿No nos parece un chiste de mal gusto que un minúsculo y revoltoso virus desafíe toda esta aparente omnipotencia? ¿Que algo que ni siquiera se digna presentarse ante nuestros ojos nos vuelva locos, por miedo e incertidumbre; nos robe las estupendas rutinas diarias sacándonos de nuestras casillas; y nos desafíe abiertamente en lo tocante a nuestra existencia?

Hemos aprendido que el coronavirus no es ni de derechas, ni de izquierdas, ni de centro; que no respeta fronteras; que no avisa de sus trucos para meterse en nosotros; que no tiene bandera (la calavera está patentada por los piratas); que no distingue entre hombres y mujeres, etc. Sabemos que mata poco de forma directa por el mero contagio, pero que empuja al precipicio a quienes presentan otras patologías. Y esperamos que en no mucho tiempo tengamos una vacuna para que nos inmunice. Para eso está trabajando la ciencia, tan escasamente valorada en este país desde la crisis financiera.

También hay que exponer lo positivo. Nuestros actuales dirigentes políticos -un tanto asustados como todos los mortales- nos han señalado que la preocupación prioritaria es doblegar al virus y la secuela de infectados y muertos que nos sacuden nuestros oídos todos los días. Pero que, a la vez, dado que son muy conscientes de los efectos secundarios que tales hechos tienen para cada uno de los ciudadanos (da igual dónde hayan nacido, dónde vivan, dónde trabajen o cuál sea su color de piel) están ya preparando las respuestas que se van a poner en marcha para atender a la gran variedad de situaciones que esta crisis está generando.

Lo mismo que pasa con los problemas del medio ambiente (hay sólo un planeta limitado, que encierra un ecosistema limitado y en el que todo lo que ocurre está interrelacionado con las correspondientes secuelas) la irrupción de la pandemia del coronavirus nos está colocando frente a un desafío de mil perspectivas. Lo que está por inventar es cómo se puede acudir a la mayor parte de los retos al mismo tiempo porque, como nos enseñó Berlín, muchos de ellos pueden resultar inconmensurables entre sí. Y, para ahorrarnos situaciones incómodas y preguntas simples ante problemas complejos, hay que recordar que las leyes, los decretos y las resoluciones no pueden llegar ni solucionar todos los casos particulares de cada uno de los ciudadanos. Pero sí queda de manifiesto que se van a movilizar muchos euros para atender a los aspectos que en la anterior crisis fueron olvidados y habrá que seguir su puesta en escena para juzgar su eficiencia.

Si su puesta en práctica saliera bien -y, para ello, es imprescindible el apoyo de una ciudadanía implicada en no sortear torticeramente las posibilidades de abusar de lo común, y el de las empresas con responsabilidad social que, por una vez al menos, pospongan el interés de los accionistas al del bien común- el daño al que tendría que enfrentarse la mayoría de la ciudadanía sería más llevadero. Son tiempos de comunidad, de solidaridad, de empatía, de esfuerzo común para sacar adelante un objetivo común. Tiempos de reflexión y de acción. En eso estamos.

Jesús Mª Osés Gorraiz. Profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPNA


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