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OPINIÓN

¿Aprendemos algo de las crisis?

Otra vez aparece un fenómeno que, no por viejo, tiene vigencia: nuestra vulnerabilidad como seres humanos; sí hablamos del coronavirus

Avatar del undefinedJesús M Osés15/03/2020
Allá por el año 1979 llegó al poder en Reino Unido Margaret Thatcher. Desde el comienzo de su mandato puso en marcha una serie de acciones de gobierno que atacaban directamente a uno de los sectores sociales más estimados por los ingleses: el sistema sanitario y de seguridad social del país. Pero lo novedoso del nuevo gobierno era que se proponía a la ciudadanía un sistema de valores diferente al de los socialistas, sobre el cual se levantaban y justificaban las decisiones gubernamentales. Recordemos: las virtudes del ahorro y la austeridad; la aversión al despilfarro y a la ostentación; y, sobre todo, la fe en el nuevo credo: el individualismo que conllevaba no sólo que el que mejor se ayudaba a sí mismo era uno mismo, sino también que la solidaridad era un valor trasnochado porque se basaba en una ayuda generalizada del Estado que convertía a cada ciudadano en un pedigüeño y en un vago irresponsable. Lo básico de la propuesta ideológica del neoconservadurismo thatcheriano era -recordando a Hobbes- que cada individuo se movía con el objetivo de satisfacer sus deseos y su propio interés en competencia con los demás. Por eso la economía debía ser libre y sin interferencias del Estado. “No hay sociedad, sino individuos que persiguen sus propios objetivos”, decía. La única función del Estado era procurar la libertad de la economía de mercado, porque sin este fundamental requisito no podría existir la libertad política.
Sin duda que este credo básico conquistó la mente de muchas personas en los años posteriores a Thatcher. Es muy fuerte la idea de que cada uno vale lo que va acumulando, que cada cual es muy dueño de su propio destino y de que el entorno social no condiciona para nada el éxito o el fracaso de cada individuo. Y resulta que hoy tenemos un “bicho suelto”, que casi no sabemos de dónde viene, pero sí que tenemos claro que nos puede causar daño casi solo con la mirada del otro. Nos lo recuerdan día tras día desde hace dos meses porque otra vez aparece un fenómeno que, no por viejo, tiene vigencia: nuestra vulnerabilidad como seres humanos. Ni Thatcher ni nadie nos ha dado la pista para protegernos de las vicisitudes de vivir junto a otras personas y, salvando algunas particularidades, podríamos recordar aquello de Sartre: “El infierno son los otros”.
Sí, hablamos del coronavirus. Observamos con cierto estupor -y parece ser por los hechos que vemos a nuestro alrededor que con bastante miedo y alteración de nuestros hábitos diarios- que nos podemos infectar sin merecerlo, sin haber hecho “nada raro”, sin la menor culpa individual: tan solo por un beso, un apretón de manos, una tos o un estornudo corriente, en suma por un abrazo sincero y de cortesía. Y nos recomiendan casi aislarnos en nuestras casas, no pasear cerca de otras personas, lavarnos las manos con jabón u otros productos que casi han desaparecido de los lugares de venta por puro miedo de cada uno de nosotros. Tenemos que prescindir de los contactos sociales para que nuestra existencia discurra sin novedad porque nuestra vida corre un serio peligro. Y, ¿saben una cosa? Los que nos proponen este modelo de prevención tienen toda la razón porque es lo que hay que hacer para procurar no contraer la enfermedad.
Pero, por favor, no olvidemos que somos seres sociales, personas que hablamos, que nos comunicamos, que necesitamos de la mirada y el reconocimiento de los demás -y a veces del cuidado sin el que pereceríamos-, que compartimos amistades, gustos, ideas, salidas al monte, fiestas, sinsabores, etc. Y también que convivimos con otras personas que tienen todo el derecho del mundo a pensar de otra manera y a los que hay que respetar por su dignidad de personas. Fuimos nosotros -los seres humanos- quienes dimos nuestra aprobación a la Declaración Universal de los derechos del hombre y del ciudadano porque estábamos convencidos de que ese credo neoconservador (en lo social y moral) y neoliberal (en lo económico) no tenía en cuenta nuestra sociabilidad y los valores que la sustentan.
Porque esta es otra visión complementaria que debe tenerse en cuenta en estos momentos de pandemia. Todas las personas somos vulnerables. Y decir “todas” no deja a nadie fuera de esa realidad. Se dice que los mayores somos más proclives a contraer el virus, pero es sólo una manera de enfocar el problema. Porque cada individuo “debe” a los demás lo mismo que los demás le “deben” a él: respeto. Esto implica que la responsabilidad de cada uno es lo que debería primar en estos momentos. Por eso hay que seguir las orientaciones de los científicos y médicos.
Se ensalza otro factor importante en este asunto: el esfuerzo de las personas que atienden en los hospitales públicos. Que sepamos, su esfuerzo también alcanza a todos los que acuden a ellos con problemas del coronavirus. No hacen distinción entre las personas por su color de piel, por su sexo, por sus creencias, por su riqueza o pobreza o por su edad. Cargan con la responsabilidad de atenderlos y, en lo posible, curarlos a todos.
Por tanto nos debemos a los demás porque son tan dignos como nosotros. Tenemos que seguir -por este respeto debido- las pautas que nos han dado para vencer al virus, no sólo por nosotros, sino por los demás. ¡Sí, hay sociedad! Y por pertenecer a ella tenemos obligaciones con nuestros semejantes. Cada uno de nosotros, si cumple con las recomendaciones colabora sin duda en la solución del problema. Acciones individuales con el objetivo de lograr soluciones colectivas. Este es el compromiso que se nos pide y cuya perspectiva no podemos perder de vista.

Jesús Mª Osés Gorraiz, profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPNA
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