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Opinión
OPINIÓN

Riñas políticas para distraernos del virus

Manuel Campo Vidal
Manuel Campo Vidal
Actualizada 08/03/2020 a las 06:00

Nunca agradeceremos lo suficiente a los políticos españoles que se hayan esforzado tanto esta semana en distraernos de la epidemia del coronavirus, con el fin de que los niveles de angustia no se dispararan en la población. Con unos medios de comunicación prestos, salvo honrosas excepciones, a dar la crónica detallada del fallecimiento de cualquier anciano casi centenario, como si el año pasado no hubiera caído nadie por la gripe, los políticos se confabularon para amenizar los telediarios y que no resultaran monotemáticos.

Su gesto tiene mucho valor porque, incapaces como son de llegar a algún acuerdo parlamentario sobre cuestiones que supongan un avance para el país, han contribuido todos con sus riñas y sus salidas de tono a aliviar una actualidad que venía triste. Tan triste como que se sospecha que fue en un funeral en Vitoria donde se contagiaron sesenta personas del maldito virus; que ni a un funeral se puede ir ya.

Hermanados por fin para combatir la alarma ciudadana, algunas ministras se pelearon a propósito de la Ley de Igualdad Sexual. Y procuraron filtrar generosamente sus discrepancias para deleite general. Otros ministros llegaron en su auxilio, como el vicepresidente Pablo Iglesias que le largó un viaje al titular de Justicia diciéndole que “detrás de las pegas técnicas a la ley hay mucho machismo encubierto”. Es especialmente valiosa esta salida de tono porque Iglesias venía sorprendiendo con un lenguaje institucional digno de su cargo, cuando todo el mundo temía otra cosa. Su paciencia y su tacto con los pocos estudiantes que le abuchearon en su casa -la Facultad de Sociología en Madrid- fue admirable, dicho sea de verdad, sin ironía alguna: “La radicalidad de las propuestas no está en lo que se dice, sino en lo que se consigue”. Sabia lección que suscribiría cualquiera.

Los partidos de oposición quisieron estar a la altura y en el PP, Cayetana Alvarez de Toledo, que nunca defrauda cuando toma la palabra, organizó un pequeño lío que apoyó la presidenta madrileña Isabel Ayuso con su jefe de filas, Pablo Casado, desconcertado. Hasta Albert Rivera, que asegura estar fuera de la política, no quiso faltar a esa contribución escénica de despiste bienintencionado y se marcó una rueda de prensa el lunes con el nimio argumento de que había encontrado un trabajo de primera. Hay que tener enormes ganas de colaborar, y mucha necesidad íntima de ver micrófonos de cerca, por cierto, para convocar a los periodistas con esa excusa.

El problema de la riña gubernamental, que se extendió a otros asuntos y carteras, es que tiene efectos colaterales; dado que ya se daba el gabinete por estabilizado, han aparecido de nuevo dudas sobre su eventual caducidad. Iba tan bien el Gobierno que ya mostraba desánimo la oposición y cansancio sus palmeros: entretanto, los monclovitas empezaban a manejar, crecidos, el concepto de “ciclo largo de gobierno”. La representación de las discrepancias esta semana amenazó con truncarlo todo y por ello se programó una reunión urgente el viernes por la tarde, a modo de acto de contrición y propósito de enmienda. Una reunión con foto, imagen que no permite medir todavía si estalló la paz, o seguirán las hostilidades internas, siempre con el noble propósito de tranquilizar a la población ante el riesgo de epidemia. No nos los merecemos.

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